Cunde
la preocupación de que tal vez hacia mediados o finales del próximo
siglo las actividades del hombre habrán cambiado las condiciones
esenciales que hicieron posible la aparición de la vida sobre la
Tierra.
La
Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de
1992 forma parte de una serie de acuerdos por medio de los cuales los países
de todo el mundo se han unido para hacer frente a este problema. Otros
tratados abordan cuestiones como la contaminación marina, la
desertificación, el deterioro de la capa de ozono, y la rápida extinción
de especies animales y vegetales. La Convención sobre el Cambio Climático
enfoca un problema especialmente inquietante: estamos alterando la forma
en que la energía solar interactúa con la atmósfera y escapa de ella
y esto quizás modifique el clima mundial. Entre las consecuencias
posibles podría producirse un aumento de la temperatura media de la
superficie de la Tierra y cambios en las pautas meteorológicas a escala
mundial.
Tampoco
se pueden descartar otros efectos imprevistos.
Hay
algunas problemas a los que debemos hacer frente:
Hace
alrededor de 65 millones de años un asteroide gigante entró en colisión
con la Tierra. Cataplum! Según las estimaciones científicas, el choque
arrojó tanto polvo a la atmósfera que dejó al mundo en tinieblas
durante tres años. La luz solar se redujo en gran medida, impidiendo el
crecimiento de numerosas plantas, las temperaturas descendieron, la
cadena alimenticia se rompió y muchas especies desaparecieron, incluida
la mayor que existiera sobre la faz de la Tierra.
Tal
es, cuando menos, una teoría dominante que explica la extinción de los
dinosaurios; incluso aquellos que no fueron alcanzados directamente por
el asteroide, sucumbieron a la postre.
La
catástrofe que dio cuenta de los dinosaurios es sólo una ilustración
-si bien dramática- de cómo el cambio climático puede fomentar el
desarrollo de una especie o liquidarla.
Según
otra teoría, los seres humanos evolucionaron cuando las temperaturas
mundiales descendieron considerablemente y las precipitaciones
disminuyeron hace unos seis millones de años. Los primates superiores
parecidos a los simios del Great Rift Valley en Africa solían
refugiarse en los árboles, pero como consecuencia de esta variación
climática de larga duración, los bosques fueron reemplazados por
praderas. Los "simios" se encontraron en una planicie vacía
mucho más fría y seca que su medio anterior y sumamente vulnerables
ante los predadores.
La
desaparición total era una posibilidad concreta y los primates
aparentemente se adaptaron con dos saltos evolutivos: primero adoptaron
la postura erecta, que les ' permitió recorrer largas distancias a pie,
con las manos libres para transportar hijos y alimentos; y luego sus
cerebros se volvieron mucho más voluminosos, aprendieron a manejar
instrumentos y se convirtieron en omnívoros (consumidores de carne y
verduras). Generalmente se considera a este segundo ser con un cerebro más
desarrollado, como el primer humano.
A
partir de entonces, las variaciones climáticas han modelado el destino
de la humanidad, y el ser humano ha reaccionado en gran medida adaptándose,
emigrando y desarrollando su inteligencia. Durante las últimas
glaciaciones, los niveles de los océanos descendieron y los seres
humanos se desplazaron a través de puentes continentales desde el Asia
hacia las Américas y las islas del Pacífico. Desde entonces se han
registrado numerosas migraciones, innovaciones y también catástrofes.
Algunas de estas han tenido su origen en pequeñas fluctuaciones climáticas,
con unos pocos decenios o siglos de temperaturas levemente superiores o
inferiores a la media, o sequías prolongadas. La más conocida es la
Pequeña Era Glaciar, registrada en Europa a comienzos de la Edad Media
que provocó hambrunas, insurrecciones y el abandono de las colonias
septentrionales en Islandia y Groenlandia. El hombre ha soportado
durante milenios los caprichos climáticos, recurriendo a su ingenio
para adaptarse, incapaz de influir en fenómenos de tal magnitud.
Eso
era hasta ahora. Paradójicamente, el éxito notable que hemos logrado
como especie bien puede habernos llevado a un callejón sin salida. El
crecimiento demográfico ha alcanzado un punto tal que haría muy difícil
una migración en gran escala en caso de que un cambio climático de
grandes proporciones la hiciera necesaria y los productos de nuestra
inteligencia (industrias, transportes, etc.) han conducido a una situación
desconocida en el pasado. Anteriormente el clima mundial hacía cambiar
a los seres humanos; ahora parece que estos últimos están cambiando el
clima. Los resultados todavía son inciertos, pero si las predicciones
actuales se confirman, el cambio climático que tendrá lugar en el próximo
siglo será de una amplitud sin precedentes desde los albores de la
civilización humana.
El
principal cambio que se ha registrado hasta la fecha ha sido en la atmósfera
terrestre. El asteroide gigante que terminó con los dinosaurios arrojó
grandes nubes de polvo en el aire, pero nosotros estamos causando fenómenos
de dimensiones similares, aunque en forma más sutil. Hemos provocado, y
continuamos haciéndolo, un cambio en el equilibrio de los gases que
componen la atmósfera, y ello es particularmente cierto con relación a
los "gases de efecto invernadero" principales, como el dióxido
de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O). (A pesar de
que el vapor de agua es el gas termoactivo más importante, las
actividades del hombre no lo afectan directamente). Estos gases, que se
encuentran normalmente presentes en la atmósfera, representan menos de
una décima parte del 1 por ciento de la atmósfera total, compuesta
principalmente de oxígeno (21 por ciento) y nitrógeno (78 por ciento),
pero son vitales porque actúan como una manta natural alrededor de la
Tierra, sin la cual la superficie de nuestro planeta sería cerca de 30°C
más fría que en la actualidad.

Emisiones de CO2 per cápita por el uso de
combustibles fósiles 1996

El
problema estriba en que la actividad del hombre está
"espesando" la manta. Por ejemplo, cuando quemamos carbón,
petróleo y gas natural, liberamos cuantiosos volúmenes de dióxido de
carbono en el aire, al igual que cuando destruimos los bosques, dejamos
escapar a la atmósfera el carbono almacenado en los árboles. Otras
actividades esenciales, como la cría de ganado y el cultivo de arroz,
también emiten metano, óxido nitroso y otros gases de efecto
invernadero. Si las emanaciones continúan aumentando al ritmo actual,
es casi seguro que en el siglo XXI los niveles de dióxido de carbono en
la atmósfera duplicarán los registros preindustriales y si no se toman
medidas para frenar dichas emisiones, es muy probable que los índices
se triplicarán para el año 2100.
De
acuerdo con el consenso científico, el resultado más directo podría
ser un "calentamiento de la atmósfera mundial" del orden de 1
a 3,5°C durante los próximos 100 años. A esto se debe sumar un
manifiesto incremento de temperatura de un 0,5°C desde el período
preindustrial anterior a 1850, parte del cual sería producto de
emisiones anteriores de gases de efecto invernadero.
Es
difícil pronosticar en qué medida esta situación podría afectarnos,
dado que el clima mundial es un sistema sumamente complejo. Si se
alterara un aspecto clave como la temperatura media global, las
ramificaciones tendrían un largo alcance. Los efectos inciertos se
adicionan: por ejemplo, podría cambiar el régimen de vientos y lluvias
que ha prevalecido durante cientos y miles de años y del cual depende
la vida de millones de personas; podría subir el nivel de los mares y
amenazar islas y zonas costeras bajas. En un mundo cada vez más poblado
y sometido a mayores tensiones, que ya tiene suficientes problemas por
resolver, esas presiones adicionales podrían conducir directamente a
nuevas hambrunas y otras catástrofes.
Al
tiempo que los científicos se esfuerzan por comprender con mayor
precisión los efectos de las emisiones de gases termoactivos, la
comunidad internacional se ha unido recientemente para hacer frente a
este problema.
Reconoce que el
problema existe. Este es un avance significativo. No es tarea fácil
que las diferentes naciones del mundo se pongan de acuerdo para
adoptar un plan de acción común, en particular uno que trate un
problema cuyas consecuencias son inciertas y que tendrá mayor
importancia para el destino de nuestros nietos que para nuestra
generación. Aun así, en poco más de dos años, 165 Estados
negociaron y firmaron la Convención y actualmente más de 140 países
que ya la han ratificado se hallan jurídicamente vinculados en virtud
de la misma. El tratado entró en vigor el 21 de marzo de 1994.
Establece un
"objetivo final" de estabilizar "la concentración de
gases de efecto invernadero en la atmósfera a niveles que impidan
interferencias antropogénicas (de origen humano) peligrosas en el
sistema climático". El objetivo no especifica cuáles deberían
ser esos niveles de concentración; sólo estipula que no deben ser
peligrosos. Se reconoce así que actualmente no existe una certeza
científica acerca de los índices que podrían catalogarse de
peligrosos. Los investigadores piensan que llevará otra década (y la
próxima generación de supercomputadoras) el reducir las
incertidumbres actuales o gran número de ellas) en forma apreciable.
De ahí que el objetivo de la Convención mantenga su validez
independientemente de la evolución de la ciencia.
Indica que
"ese nivel debería lograrse en un plazo suficiente para permitir
que los ecosistemas se adapten naturalmente al cambio climático,
asegurar que la producción de alimentos no, se vea amenazada y
permitir que el desarrollo económico prosiga de manera
sostenible". Ello realza la preocupación principal respecto a la
producción alimentaria -probablemente la actividad humana más
dependiente del clima- y al desarrollo económico. Sugiere asimismo
(cosa que comparte la mayoría de los climatólogos) que un cierto
cambio es inevitable y es necesario tomar medidas de adaptación y
prevención.
A su vez ello da
lugar a diversas interpretaciones a la luz de los descubrimientos
científicos así como de las concesiones recíprocas y los riesgos
que la comunidad internacional está dispuesta a aceptar.
El
cambio climático es una amenaza para la humanidad, pero nadie puede
determinar con seguridad sus futuros efectos o la magnitud de éstos. La
reacción ante esa amenaza seguramente será costosa, compleja y difícil.
Hay incluso desacuerdo sobre si realmente existe un problema: mientras
numerosas personas temen la extrema gravedad de los efectos, otras
argumentan que los científicos no pueden dar pruebas irrefutables de
que sus previsiones se harán realidad. Además, no está claro quienes
son los que sufrirán más en las diversas regiones del mundo. Sin
embargo, si la comunidad internacional espera a que aparezcan las
consecuencias y las primeras víctimas, probablemente será muy tarde
para actuar. ¿Qué se debe hacer?
La
verdad es que en casi todos los círculos científicos la cuestión ya
no es si el cambio climático es un problema potencialmente grave, sino
en qué forma se manifestará, cuáles serán sus repercusiones y cuál
será la mejor forma de detectarlas. Los modelos de computadora de algo
tan complicado como el sistema climático de nuestro planeta no son aún
lo suficientemente avanzados para brindar respuestas claras y
concluyentes. No obstante, si bien el cuándo, dónde y cómo no está
definido, el panorama que se desprende de estos modelos climáticos nos
lanza señales de alarma.
Por
ejemplo:
Los
regímenes de precipitaciones regionales podrían variar. Se prevé que
el ciclo de evapotranspiración se acelerará a nivel mundial y ello
implica que lloverá más, pero que las lluvias también se evaporarán
más rápidamente, volviendo los suelos más secos durante los períodos
críticos de la temporada de cultivo. Nuevas sequías, o más intensas,
en particular en los países más pobres, podrían disminuir el
abastecimiento de agua potable hasta el punto que ello podría
convertirse en una amenaza grave para la salud pública. Dado que los
científicos todavía no tienen entera confianza en los pronósticos
regionales, no se aventuran a definir con precisión las zonas del mundo
expuestas a volverse más húmedas o más secas, pero, habida cuenta de
que los recursos hídricos mundiales ya se hallan bajo una gran presión
en virtud del rápido crecimiento demográfico y la expansión de las
actividades económicas, el peligro de que ello ocurra es bien real.
Las
zonas climáticas y agrícolas podrían desplazarse hacia los polos. Se
prevé que en las regiones de latitud media el desplazamiento será de
entre 200 y 300 km. por cada grado Celsius de calentamiento. Veranos más
secos disminuirían el rendimiento de los cultivos en un lo a 30 por
ciento, y es posible que las principales zonas cerealeras actuales (como
las Grandes Llanuras de los Estados Unidos) experimenten sequías y
golpes de calor más frecuentes. Los bordes septentrionales de las zonas
agrícolas de latitud media (el norte del Canadá, Escandinavia, Rusia y
el Japón en el hemisferio norte, y el sur de Chile y la Argentina en el
hemisferio austral), se beneficiarían de temperaturas más elevadas.
Sin embargo, en algunas regiones la escabroso de los terrenos y la
pobreza de los suelos impedirían a esos países compensar la merma de
rendimiento de las zonas hoy más productivas.
El
derretimiento de los glaciares y la dilatación térmica de los océanos
podrían aumentar el nivel del mar, amenazando las zonas costeras bajas
e islas pequeñas. El nivel medio global del mar ya ha subido cerca de
15 cm en el último siglo y se prevé que el calentamiento de la Tierra
ocasionará un aumento adicional de alrededor de 18 cm para el año
2030. De mantenerse la actual tendencia de las emisiones de gases
termoactivos, ese aumento podría llegar a los 65 cm por encima de los
niveles actuales antes del año 2100. Las tierras más vulnerables serían
las regiones costeras desprotegidas y densamente pobladas de algunos de
los países más pobres del mundo. Entre las víctimas probables se
contaría Bangladesh, cuyas costas ya son propensas a inundaciones
devastadoras, al igual que muchos pequeños estados insulares, como las
Maldivas.
Estas
hipótesis son lo suficientemente alarmantes para causar preocupación,
pero demasiado inciertas para permitir a los gobiernos tomar medidas de
acción concretas. El panorama es confuso: es comprensible que algunos
gobiernos, acosados por otros problemas, responsabilidades y deudas que
atender, se vean tentados a no hacer absolutamente nada. Quizás el
peligro se aleje, o algún otro se encargará de él; tal vez otro
asteroide gigante chocará con la Tierra, ¿quién puede saberlo?
Establece
un marco y un procedimiento para acordar las medidas especificas que
será necesario adoptar más adelante. Los diplomáticos que
redactaron la Convención Marco sobre el Cambio Climático la
consideraron como el punto de partida de otras posibles medidas
futuras. Reconocieron que no era posible que en 1992 los gobiernos
convinieran en un plan básico detallado para hacer frente al cambio
climático, al establecer un marco institucional y de principios
generales e iniciar un procedimiento que les permitiera a los
gobiernos reunirse periódicamente, pero se dio el primer paso en esa
dirección.
Una
ventaja esencial de este enfoque es que permite a los países comenzar
a debatir una cuestión antes de que estén todos de acuerdo en que
efectivamente constituye un problema. Incluso los países escépticos
consideran que su participación es útil (o, en otras palabras, les
incomodaría quedar al margen) y ello otorga legitimidad a la causa y
crea una especie de presión recíproca entre los miembros de la
comunidad internacional para tratar seriamente el tema.
La
Convención ha sido concebida de forma que permita a los países
reforzar o atenuar sus disposiciones de acuerdo con los últimos
descubrimientos científicos. Por ejemplo, pueden convenir en adoptar
medidas más específicas (como reducir en un cierto grado las
emisiones de los gases de efecto invernadero), aprobando
"enmiendas" o "protocolos" a la Convención.
El
tratado fomenta la adopción de esas medidas, a pesar de las
incertidumbres derivadas de la reciente evolución en el derecho y la
diplomacia internacionales de lo que se ha dado en llamar el
"principio precautorio". En el derecho internacional
tradicional en general no se puede restringir o prohibir una actividad
a menos que se demuestre la existencia de un vínculo causal entre
dicha actividad y un daño particular. Por tanto, no se puede hacer
frente a muchos problemas ambientales, como el daño sufrido por la
ozonosfera y la contaminación marina, si se exige una prueba
concluyente de la relación de causa y efecto. En consecuencia, la
comunidad internacional ha ido gradualmente aceptando el principio
precautorio, según el cual aquellas actividades que pueden causar daños
graves o irreversibles pueden restringirse o, incluso prohibirse,
antes de que exista la certeza científica absoluta de sus
repercusiones.
Adopta
las medidas preliminares que por ahora son claramente las más
razonables. Los países que ratifican la Convención -en la jerga
diplomática las "Partes en la Convención"- convienen en
tener en cuenta el cambio climático en esferas tales como:
agricultura, energía, recursos naturales y actividades relacionadas
con las zonas costeras y en promover la elaboración de planes
nacionales a los efectos de atenuar el cambio climático. La Convención
alienta a las Partes a compartir las tecnologías y a cooperar por
otros medios a fin de limitar las emanaciones de gases termoactivos,
especialmente las procedentes de los siguientes sectores: energía,
transporte, industria, agricultura, silvicultura y gestión de
desechos, sectores que en conjunto producen la casi totalidad de las
emisiones de gases de efecto invernadero atribuibles a la actividad
humana.
Fomenta
las investigaciones científicas sobre el cambio climático. El
tratado exige que se lleve a cabo una labor de investigación,
observación y recopilación de datos sobre el clima y crea un "órgano
subsidiario de asesoramiento científico y tecnológico" con
objeto de ayudar a los gobiernos a decidir el curso de acción futura.
Cada Estado Parte debe asimismo presentar un "inventario" de
las fuentes nacionales de las emisiones de los gases de efecto
invernadero (como fábricas y transportes) y los "sumideros"
nacionales (bosques y otros ecosistemas naturales que absorben los
gases termoactivos de la atmósfera). Dichos inventarios deberán
actualizarse periódicamente y hacerse de dominio público. La
información proporcionada sobre el volumen de las emisiones de cada
gas correspondiente a las distintas actividades será esencial para
vigilar las variaciones de las emisiones y determinar la eficacia de
las medidas adoptadas para limitarlas.
Hay
una injusticia fundamental en el problema del cambio climático, que
exacerba a las relaciones ya problemáticas entre las naciones ricas y
pobres. Los países con los niveles de vida más altos han sido los más
responsables (aunque inconscientemente) del aumento de los gases de
efecto invernadero: las primeras regiones industrializadas (Europa, América
del Norte, Japón y otras) consolidaron su riqueza en parte dejando
escapar a la atmósfera grandes cantidades de gases de efecto
invernadero, mucho antes de que se conocieran sus consecuencias
probables. Los países en desarrollo ahora temen que se les diga que
deben limitar sus actividades industriales en ciernes, puesto que la atmósfera
ha llegado a su límite de tolerancia.
Habida
cuenta de que las emanaciones derivadas de la utilización de energía
constituyen la causa principal del cambio climático, habrá una
creciente presión para que todos los países reduzcan el consumo de
carbón y petróleo. También habrá presiones (e incentivos) para que
se adopten tecnologías avanzadas tendientes a limitar los perjuicios en
el futuro, pero el costo de éstas puede ser elevado.
Los
países que se hallan en las primeras etapas de industrialización y que
bregan para ofrecer una mejor vida a sus habitantes no quieren este tipo
de cargas adicionales: el desarrollo económico ya es suficientemente
difícil. ¿Cómo podrían progresar si aceptaran disminuir el uso de
los combustibles fósiles, que son los más baratos, convenientes y útiles
para las industrias?
Hay
otras injusticias que van aparejadas al problema del cambio climático.
Los países del mundo en desarrollo serán probablemente los que más
sufran si se confirman las consecuencias previstas (desplazamiento de
zonas agrícolas, aumento del nivel del mar y variaciones en el régimen
de lluvias). Estos países simplemente carecen de los recursos científicos
y económicos o de los sistemas de seguridad social necesarios para
hacer frente a las repercusiones de la perturbación del clima. Además,
en muchos de esos países el rápido crecimiento demográfico ha
obligado a muchos millones de personas a asentarse en tierras marginales
y son precisamente éstas las que pueden padecer los efectos más drásticos
de las variaciones climáticas.
Atribuye
a los países ricos la mayor cuota de responsabilidad en la lucha
contra el cambio climático ... y la parte del león de la factura a
pagar. La Convención toma nota de que la mayor parte de las emisiones
del pasado y las actuales tienen su origen en los países
desarrollados. Su principio cardinal es que estos países deben
encabezar la lucha contra el cambio climático y sus impactos
adversos. El tratado enuncia obligaciones específicas en materia de
transferencias financieras y tecnológicas que se aplican únicamente
a los 24 países desarrollados que son miembros de la Organización de
Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) (con excepción de México,
que se adhirió a la OCDE en 1994). Éstas han acordado apoyar las
actividades relativas al cambio climático en los países en
desarrollo, proporcionando un apoyo financiero adicional a toda
asistencia financiera que ya presten a esos países.
Obligaciones
específicas de limitar las emanaciones de los gases de efecto
invernadero y acrecentar los sumideros naturales recaen en los países
de la OCDE y en los 12 países con "economías en transición",
es decir, los países de Europa Central y del Este y la antigua Unión
Soviética. Aunque las negociaciones concluyeron en un texto poco
claro, se acepta en general que para el año 2000 los países de la
OCDE y los países con economías en transición deben intentar
reducir sus emisiones de gases termoactivos por lo menos al nivel que
tenían en 1990.
Reconoce
el derecho de las naciones más pobres al desarrollo económico.
Observa que la contribución de los países en desarrollo a las
emisiones mundiales de gases de efecto invernadero irá en aumento a
medida que éstos amplíen sus industrias para mejorar las condiciones
sociales y económicas de sus habitantes.
Admite
la vulnerabilidad de los países más pobres a los efectos del cambio
climático. Uno de los principios esenciales de la Convención es que
las medidas que se adopten deberán reflejar una "plena
consideración" de las necesidades y circunstancias específicas
de los países en desarrollo, en particular aquellos cuyos frágiles
ecosistemas los hacen altamente vulnerables al cambio climático. La
Convención reconoce también que los Estados que dependen de las
exportaciones de carbón y petróleo experimentarán dificultades si
varía la demanda de energía.
A
medida que la población mundial aumenta, se incrementa la demanda de
los recursos naturales, que se acentúa aún más con el rápido aumento
del número de individuos que también quieren vivir mejor: más y mejor
comida; mayor cantidad de agua y más limpia; más electricidad,
refrigeradores, automóviles, casas y apartamentos; terrenos en los que
construir esas casas y apartamentos...
Ya se
plantean problemas graves para abastecer de agua potable a los miles de
millones de habitantes de todo el mundo. Las poblaciones en vías de
expansión están agotando el agua de ríos y lagos y los grandes mantos
acuíferos subterráneos están disminuyendo constantemente. ¿Qué
haremos cuando estos depósitos naturales se vacíen? También hay
problemas para cultivar y abastecer a todos de suficientes alimentos:
testimonio de ello son las extensas hambrunas registradas en muchas
partes del mundo. Hay otras señales de alarma: el volumen de pesca
mundial se ha reducido considerablemente; a pesar del tamaño de los océanos,
las especies más valiosas se han pescado tan eficazmente que han
desaparecido.
El
calentamiento de la atmósfera es un ejemplo particularmente ominoso del
insaciable apetito del hombre por los recursos naturales. En el curso
del siglo pasado hemos extraído y quemado depósitos ingentes de carbón,
petróleo y gas natural que llevaron millones de años en acumularse.
Nuestra capacidad para quemar combustibles fósiles a un ritmo muchísimo
más rápido que lo que llevó crearlos ha perturbado el equilibrio
natural del ciclo del carbono. La amenaza del cambio climático se
presenta porque una de las pocas formas en que la atmósfera, que también
es un recurso natural, puede reaccionar ante las vastas cantidades de
carbono liberado del subsuelo terrestre, es calentarse.
Entretanto,
las expectativas del hombre no menguan sino que van en aumento. Los países
del "Norte" industrializado representan el 20% de la población
mundial, pero utilizan alrededor del 80% de los recursos de la Tierra:
para las pautas mundiales, viven sumamente bien. Es agradable llevar una
buena vida, pero si cada persona consumiera tanto como los americanos
del norte o los europeos occidentales -y eso es a lo que aspiran miles
de millones de personas- probablemente no habría suficiente agua
potable y otros recursos naturales vitales para todos. ¿Cómo podremos
satisfacer esas crecientes expectativas cuando ya el mundo se halla bajo
tanta presión?
Apoya
el concepto del "desarrollo sostenible". La humanidad tiene
que aprender de alguna manera a aliviar la pobreza de un enorme y
creciente número de personas sin destruir el medio natural del que
depende toda la vida humana. Deberán hallarse nuevas pautas para que
el desarrollo económico sea sostenible a largo plazo y el término
clave que circula entre ambientalistas y burócratas internacionales
para enfrentar este reto es el de "desarrollo sostenible".
La solución sería idear métodos que nos permitieran vivir bien
utilizando los recursos naturales críticos a un ritmo que no supere
el que sea necesario para su reposición. Desafortunadamente, la
comunidad internacional está mucho más avanzada en definir los
problemas que plantea el desarrollo sostenible, que en concebir la
forma de resolverlos.
Alienta
a fomentar y compartir las tecnologías y los conocimientos prácticos
ambientalmente idóneos. La tecnología desempeñará sin duda un
papel primordial en la lucha contra el cambio climático. si somos
capaces de concebir fórmulas prácticas para utilizar fuentes de
energía menos contaminantes, como la energía solar por ejemplo,
podremos reducir el consumo de carbón y petróleo. La nueva tecnología
con la misma cantidad de recursos podrá hacer que los procesos
industriales sean más eficientes, la purificación del agua más
viable, y la agricultura más productiva. Tal tecnología deberá
estar al alcance de todos: de alguna forma los países más ricos y
científicamente más avanzados deberán compartirlas con las naciones
más pobres, que tanto las necesitan.
Hace
hincapié en la necesidad de informar al público acerca del cambio
climático. Los jóvenes de hoy y las generaciones futuras deberán
aprender a observar el mundo desde una perspectiva diferente de la que
ha prevalecido durante el siglo XX. Esta es una vieja idea, que también
hoy es de actualidad. Muchas culturas preindustriales (¡no todas!)
vivían en equilibrio con la naturaleza; hoy las evidencias científicas
nos enseñan que debemos hacer lo mismo. El desarrollo económico ya
no es más un asunto de "cuanto más grande, mejor"; automóviles,
casas, captura de peces, volúmenes de petróleo y carbón más
grandes. Debemos dejar de considerar el progreso del hombre como una
cuestión de imponernos a nuestro medio natural. El mundo, es decir,
el clima y todos los seres vivos, es un sistema cerrado: todo lo que
hacemos tiene repercusiones que en última instancia nos afectarán.
Los niños de mañana - y desde luego los adultos de hoy - tendrán
que aprender a considerar las consecuencias de sus acciones sobre el
clima; cuando tomen decisiones como integrantes del gobierno o del
sector empresarial o en el ámbito de la vida privada deberán tener
en cuenta el sistema climático.
En
otras palabras, tendrá que cambiar el comportamiento humano y
probablemente cuanto antes mejor. Sin embargo, ello es difícil de
prescribir y pronosticar: tómese, por ejemplo, la cuestión de
determinar los sacrificios que incumben a cada individuo para
preservar el clima mundial. Ello nos conduce al siguiente problema.
¿Quién
tiene la energía, el tiempo o el dinero suficiente para hacer frente al
cambio climático, cuando hay que resolver tantos otros problemas?
Ha
empezado con cautela y por el momento no plantea demasiadas exigencias
(o requisitos); pero estén alerta. La Convención Marco sobre el
Cambio Climático es un tratado general con sólo unos pocos
requisitos específicos; luego podrán agregarse otros y de mayor
alcance, en forma de enmiendas y protocolos. Ello ocurrirá a medida
que avancen los conocimientos científicos respecto al cambio climático
y cuando la comunidad internacional, que ya manifesta una reacción de
"cansancio ante los desastres", se haga a la idea de que
debe enfrentar otra crisis y sufragar sus costos. Guerras, hambrunas,
el SIDA, el "agujero" en la capa de ozono, las lluvias ácidas,
la pérdida de ecosistemas y especies... con todos estos problemas, es
comprensible que haya quienes se preguntan si no es mejor tirar la
toalla.
Por
supuesto que no podemos darnos por vencidos, y si bien la Convención
no puede pretender que todo se ha solucionado, significa sí un
comienzo y algunos hechos lo atestiguan: los países desarrollados están
preparando sus planes nacionales con objeto de reducir para el año
2000 sus emisiones de gases de efecto invernadero al nivel de 1990
invirtiendo así la tendencia histórica al aumento constante de las
emanaciones. Los países que han ratificado el tratado están
empezando a recopilar datos sobre sus emisiones y el clima actual y es
cada vez más frecuente que el público y los gobiernos hablen y
reflexionen acerca del cambio climático.
¿Qué
ocurrirá luego? Poco a poco los gobiernos que se comprometieron a
controlar sus emisiones han de comenzar a establecer criterios de
emisión más estrictos y a exigir una mayor reforestación. Algunos
países ya están dedicados a tales actividades. También desempeñarán
una función importante a administraciones locales y urbanas, que a
menudo, tienen responsabilidad directa en las esferas del transporte,
la vivienda, gestión de desechos y otros sectores económicos
generadores de gases termoactivos. Por ejemplo, pueden empezar a
concebir y construir mejores sistemas de transporte público y ofrecer
incentivos para que la gente los utilice en lugar de sus automóviles
y hacer más estrictas las normas de construcción para que las nuevas
casas y edificios de oficinas puedan calentarse o refrescarse con
menos combustible. Entretanto, las empresas industriales tendrán que
empezar a adoptar nuevas tecnologías que utilicen los combustibles fósiles
y materias primas de forma más eficaz, y deberán optar, siempre que
sea posible, por fuentes de energía renovables, como la energía eólica
o solar. Deberán asimismo adoptar nuevos diseños y fórmulas para
los refrigeradores y automóviles, Las mezclas de cemento y los
fertilizantes, de manera que generen menos emisiones de gases de
efecto invernadero. Los agricultores deberán buscar las tecnologías
y métodos que reduzcan las emisiones de metano procedentes del ganado
y los arrozales. Los simples ciudadanos también han de disminuir su
consumo de combustibles fósiles, por ejemplo, utilizando más a
menudo el transporte público, evitando dejar la luz encendida en
habitaciones vacías, y despilfarrando menos los recursos naturales.
Puede
parecer ingenuo esperar que se logren cambios de comportamiento de esa
magnitud. Sin embargo, es posible asumir una conducta más responsable
en defensa del clima. Es probable que con el paso del tiempo y cuando
se conozcan más a fondo los peligros del cambio climático, tales
medidas resultarán mucho menos cándidas y más vitales para asegurar
el bienestar de la humanidad.
Uno
de sus principios es repartir la carga de la lucha contra el cambio
climático. Este punto es importante. La atmósfera es un recurso común
que forma parte del "patrimonio de la humanidad", y el
tratado vela por que todo sacrificio realizado para proteger dicho
recurso sea compartido de manera equitativa entre los países, de
conformidad con sus "responsabilidades comunes pero
diferenciadas, sus capacidades respectivas, así como sus condiciones
sociales y económicas". Ello significa, al menos así lo esperan
los Estados Partes, que las acciones que en definitiva deban
emprenderse, serán compartidas por un número suficiente de
participantes para que los sacrificios valgan la pena. Es más fácil
sacrificarse por una causa común cuando se está seguro de que todos
colaboran.
El
cambio climático podría tener consecuencias muy profundas. Un
asteroide gigante apareció 65 millones de años atrás y acabó con los
dinosaurios.
Al
hacer frente al cambio climático provocado por el hombre, los seres
humanos tendrán que pensar en términos de décadas y de siglos. La
tarea recién comienza, y muchos de los efectos de las variaciones climáticas
no se manifestarán sino al cabo de dos o tres generaciones. En el
futuro cada uno de nosotros oirá hablar de este problema, y deberá
vivir con él.
Para
la convención Marco, que tiene esto muy presente, el próximo siglo
cuenta tanto como el actual. El tratado ha establecido instituciones
para apoyar los esfuerzos destinados a cumplir con las obligaciones a
largo plazo y vigilar la adopción de medidas de largo alcance con la
finalidad de minimizar el cambio climático y adaptarse a sus efectos.
El órgano supremo de la convención es la conferencia de las Partes, en
la que se hallan representados todos los Estados que la han ratificado.
La conferencia de las Partes, que se reunió por vez primera en marzo de
1995 y que seguirá reuniéndose anualmente, fomentará y examinará la
aplicación de la convención y, si procede, reforzará sus
disposiciones. Dos órganos subsidiarios asistirán a la conferencia de
las Partes: uno en' materia de asesoramiento científico y tecnológico
y el otro en la esfera de ejecución. En el futuro, la conferencia podrá
asimismo adoptar disposiciones complementarias para proveer a las
necesidades específicas de la Convención.
El
tratado también refleja una visión coherente de las futuras
perspectivas de la política mundial, así como diversas hipótesis
sobre el mejor medio de resolver los problemas que se plantearán en el
próximo siglo. La convención, basada en un criterio de cooperación y
no de enfrentamiento da por sentado que los países sólo podrán
abordar con éxito los problemas como el cambio climático si trabajan
en forma mancomunada. Ha sido concebida para un mundo multipolar en que
numerosos países tienen la influencia y el poder -necesarios para
ejercer presiones colectivas, con el fin de persuadir a otras naciones a
cumplir sus obligaciones.
Fuente:
Guía elemental de la Convención Marco de las Naciones Unidas
por la Oficina de Información sobre el Cambio Climático