En algunas regiones de Bali cuentan con algunos de los sistemas de irrigación más complejos en el mundo a través de una serie de presas, canales y acueductos interconectados que garantizan el suministro de agua a los campos de cultivo. Desde hace más de mil años los trabajos de ingeniería proyectados proveen de recursos hidráulicos a los campos de cultivo permitiendo la obtención de hasta 3 cosechas al año
En algunas regiones de Bali cuentan con algunos de los sistemas de irrigación más complejos en el mundo a través de una serie de presas, canales y acueductos interconectados que garantizan el suministro de agua a los campos de cultivo. Desde hace más de mil años los trabajos de ingeniería proyectados proveen de recursos hidráulicos a los campos de cultivo permitiendo la obtención de hasta 3 cosechas al año.
En un contexto como éste, propio de una sociedad eminentemente agrícola, algunas regiones de Indonesia deben hacer frente a los desafíos inherentes a determinados modelos de desarrollo, especialmente del desarrollo del turismo de masas. Este modelo ha propiciado la llegada de cada vez más turistas favoreciendo el crecimiento la economía local, amén de generar empleo entre los habitantes de la región y mejoras en la educación y nivel de vida.
La otra cara de la moneda que viven esas mismas regiones es el progresivo aumento de la demanda turística. A medida que ésta aumenta, son mayores las necesidades que han de cubrirse con cargo a los recursos naturales, especialmente de terrenos y agua para hacer frente a los requerimientos de un nuevo mercado. A su vez, paralelamente a este fenómeno, se acusa una paulatina disminución de los miembros de las cooperativas de riego locales.
Fruto del desarrollo del turismo, las necesidades de mano de obra vinculadas a este sector hacen que cada vez sean más los que dejan las tareas agrícolas, perdiéndose parte del conocimiento adquirido y el control sobre la tierra cultivable. En regiones como Denpasar, algunos grupos dedicados a la protección del medioambiente han alertado sobre los riesgos de un crecimiento económico descontrolado y de cómo la escasez de agua pueda afectar a la población en los próximos años, en caso de no revisarse el modelo de desarrollo emprendido (RICHARDSON, 2002).
Casos como el descrito vendrían a ilustrar el conflicto que aqueja dos visiones del desarrollo que están llamadas a integrarse y complementarse. De una parte la dimensión económica del desarrollo, como motor de crecimiento en sociedades necesitadas de crear riqueza a partir de los recursos humanos, económicos o naturales que puedan estar a su alcance. De otra parte, la dimensión medioambiental del desarrollo, orientada al mantenimiento del respeto de los recursos naturales y la biodiversidad, como los recursos hidráulicos y forestales, la fauna marina, así como hacer frente a los riesgos derivados del efecto invernadero y el recalentamiento de la tierra.
En tal sentido, el objetivo del desarrollo sostenible y de las cumbres políticas realizadas con tal motivo es el de construir un marco que, garantizando un desarrollo respetuoso con nuestro entorno y el medioambiente, permita eliminar la pobreza. Todo ello en un marco en el que mientras los recursos tienen un carácter limitado, una población creciente precisa sustento alimenticio, refugio, agua, energía, sanidad, servicios de salud y mayor seguridad económica.
La manera de ilustrar este desafío podría ser el anuncio emitido por la CNN durante los días previos a la cumbre celebrada a partir del día 26 de agosto y hasta el 4 de septiembre en la ciudad de Johannesburgo (Sudáfrica). El mensaje transmitido recordaba como en 1950 la población mundial era de 1000 millones de habitantes, para a continuación señalar que hoy, pasados poco más de 50 años, esa cifra ni tan siguiera llega completar la totalidad de la población de China.
Lo que representaba esa cifra hace 52 años y lo que representa ahora es lo que podría darse en llamar el “Teorema de Johannesburgo” (ROMANO, 2002). En este caso, el mismo número de personas, con una diferencia de 50 años tiene importantes consecuencias a la hora de abordar el desarrollo, y especialmente el desarrollo sostenible. Tras esta cifra – 1000 millones - se esconden muchos más datos, muchas más cifras relacionadas con una manera de concebir el desarrollo y el papel que en él han jugado las nuevas tecnologías, el uso de los hidrocarburos, las explotaciones agrícolas, la medicina y las ciencias en general.
Del uso y generalización de estas herramientas son tres, a grandes rasgos, los desafíos que se le plantean al desarrollo sostenible en los próximos años:
1º.- La equidad, que permita conciliar los aspectos sociales con el crecimiento económico. Decir desarrollo es promover acciones decididas contra la pobreza y el hambre, permitiendo que todo ser humano pueda gozar de la protección de sus derechos fundamentales y ejercer su derecho a vivir una vida digna.
2º.- El riesgo consiguiente que un desarrollo fuera de control pueda ocasionar en el medioambiente, mermando los recursos del planeta y procediendo a su agotamiento progresivo. Este es un desafío mayor, pues la presión demográfica y la necesidad de recursos naturales tienen una incidencia directa en las condiciones del planeta.
3º.- El papel que el libre comercio está llamado a jugar en el desarrollo sostenible. En la medida en que mayor sea la apertura comercial y arancelaria de los países ricos, aumentarán las posibilidades de alcanzar mayores cotas de desarrollo de los países más pobres al poder acceder a mercados con mayor potencial económico.
Frente a estos tres retos, las propuestas tienden a favorecer el desarrollo para que, más allá del mero crecimiento económico, tenga un carácter cada vez más extendido en cuanto a sus beneficiarios y más “sostenible” con respecto a los recursos naturales.
El desarrollo sostenible viene a incorporar nuevos elementos que, incidiendo en la reducción de la pobreza, permitan garantizar el respeto al medioambiente. En definitiva, está llamado a integrar los aspectos sociales y medioambientales en las estrategias del desarrollo.
En un debate que tiende a comprometer a países ricos y pobres, así como a diferentes organizaciones internacionales, no sólo los intereses políticos sino también la propia idea de desarrollo que cada actor tiene pueden ser distintas. Así, en los últimos tiempos, el mismo sentido del término desarrollo ha sido interpretado de distintas formas o, cuando menos, ve como el acento se pone en dimensiones diferentes. Así los países desarrollados han ido introduciendo progresivamente el concepto de sostenibilidad medioambiental, mientras que los países menos desarrollados los gobiernos han tendido a interpretar el desarrollo casi exclusivamente en términos de desarrollo económico (LOMBORG, 2002).
Esta preocupación de los países ricos respecto al estado del medioambiente y los recursos naturales en el mundo es fruto de un proceso histórico en el que han alcanzado progresivamente razonables niveles de desarrollo económico. Esta sensibilidad se ha ido generando en las últimas décadas en países donde la riqueza generada fue suficiente como para poder garantizar mínimos standards de vida a los individuos que conformaban su población.
Con anterioridad, Europa había vivido periodos de profunda escasez tras la II Guerra Mundial, habiendo emprendido un proceso de reconstrucción y desarrollo cuyos frutos llegaron en las décadas de los años 60 y 70. Esta sensibilidad por el medioambiente se fue gestando en Europa, especialmente en los primeros 701 tras la crisis del petróleo. Fue a partir de entonces cuando empezó a tomarse conciencia en torno al riesgo de esquilmar los recursos naturales y de su carácter limitado.
Una vez que los mínimos vinculados a la procura existencial fueron garantizados y consolidados, la preocupación en los países europeos trascendió del desarrollo entendido únicamente como crecimiento económico, para orientarse hacia la generación de un desarrollo sostenible. Dicho de otro modo, la preocupación por el estado de la tierra y los recursos naturales llegó una vez que la riqueza fue suficiente como para garantizar el sustento alimentario, el abastecimiento de agua potable y el acceso a la sanidad2.
Hoy en día, los países más desarrollados y especialmente los europeos ponen el acento en el componente medioambiental a la hora de abordar el problema del desarrollo. Sin embargo, la perspectiva de los países en desarrollo resulta en ocasiones diferente, como diferente es la trayectoria y el contexto histórico-institucional en el que se sitúan. La orientación de sus estrategias en materia de desarrollo se dirige más hacia el corto plazo y la resolución de problemas más inmediatos.
Algunos de estos problemas no han sido ajenos a Europa en su historia, la salubridad de las aguas, las condiciones sanitarias, servicios de salud pública y, ya especialmente en el caso de los países en vías de desarrollo, la lucha contra la pobreza. Sin embargo estas cuestiones son todavía de primer orden para los países menos desarrollados. Así, cuando unos y otros hablan en términos de sostenibilidad, el significado que unos y otros le dan no siempre es el mismo, al ponerse el acento en dimensiones distintas.
En ocasiones, ambas dimensiones – crecimiento versus medioambiente - han sido incluso abordadas de forma contingente, como si se tratase de dos opciones excluyentes de forma que el crecimiento económico siempre tuviera que ir en detrimento del medioambiente o que el fortalecimiento de éste sólo redundase en perjuicio de aquel.
Esta percepción de la tensión entre una dimensión y otra ha sido señalada por el Subsecretario General para asuntos Económicos y Financieros de las Naciones Unidas: “Durante mucho tiempo, tanto medioambientalistas como industriales han visto un falso intercambio entre la protección del medioambiente y el crecimiento económico.
Debemos impulsar una nueva forma de pensar que comprenda la salud económica y medioambiental como fines conexos y que se respaldan mutuamente”3. En tal sentido, el desarrollo sostenible pretende ofrecer un modelo de desarrollo que vincule las necesidades del presente con la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades (United Nations, 1987).
Según la Agencia Internacional de la Energía una cuarta parte de la población mundial, lo que supone unos 1.600 millones de personas vive sin electricidad (International Energy Agency, 2002). Mayoritariamente se trata de habitantes de zonas rurales de los países en vías de desarrollo. Cualquier intento por parte de estas personas por hacer frente a desafíos cotidianos como calentarse o cocinar hace que recurran directamente a los recursos naturales como la madera o el estiércol4.
Del mismo modo alrededor de 1.000 millones no tienen acceso a fuentes de agua potable y 2.400 millones de personas no tienen acceso al sistema sanitario básico. En tales condiciones existen circunstancias lo suficientemente razonables como para considerar que el debate en torno al desarrollo sostenible no puede perder de vista las necesidades del corto plazo, si bien éstas, pueden no ser siempre fáciles de conciliar con los objetivos del crecimiento económico5.
Frente a este tipo de urgencias, al frente de las cuales se han situado numerosos grupos ecologistas, se alzan algunas voces tendentes a “desdramatizar” este tipo de alertas. Algunas de estas voces, aun asumiendo el carácter limitado de los recursos naturales, postulan que todavía quedan lejos los límites que justifiquen una alarma en cuanto a su extinción. Haciendo abstracción del “stock” que la tierra todavía puede ofrecernos, hay otro argumento que merece considerarse, concretamente a la luz del gasto económico que suponen unas iniciativas u otras y su oportunidad en términos de coste-beneficio.
Tomando el caso del protocolo de Kyoto sobre el recalentamiento de la tierra, algunas estimaciones apuntan a que el costo que le supondría a los Estados Unidos el cumplimiento de los requerimientos del mencionado tratado sería mayor que el coste de resolver el mayor de los problemas que aqueja a los países menos desarrollados: el acceso generalizado a un servicio universal que provea agua corriente en condiciones adecuadas. En principio, tales estimaciones señalan que podrían evitarse unos dos millones de muertos cada año, así como neutralizar el motivo fundamental por el que 500 millones de personas caen seriamente enfermos.
La casuística que incide en un aspecto u otro es extensa. Sin embargo, no cabe soslayar que alcanzando razonables niveles de desarrollo económico y de bienestar social se concede mayor viabilidad y coherencia a la sostenibilidad como componente del desarrollo. Una vez asumido este presupuesto, la capacidad de racionalizar un desarrollo económico generador de riqueza, y una adecuada gestión de los recursos medioambientales deben ser consideradas no como dos dimensiones antagónicas, sino como complementarias en el desarrollo. Un desarrollo que sólo será sostenible en cuanto pase por un mayor equilibrio. De una parte, un equilibrio en la riqueza y su distribución. De otra parte, un equilibrio en el medioambiente y la relación que con él tiene el hombre.
REFERENCIA
LOMBORG, B “The truth about the environment”, The Economist, 2 agosto de 2002.
Disponible en http://www.economist.com
LOMBORG, B. “Environmentalists have it backward”, International Herald Tribune. 27 agosto 2002.
Disponible en http://www.iht.com
INTERNATIONAL ENERGY AGENCY. World Energy Outlook 2002. Energy and Poverty.
Disponible en http://www.worldenergyoutlook.org/weo/pubs/weo2002/energypoverty.pdf
RICHARDSON, M. “Trouble in paradise – tourist versus tradition”, International Herald Tribune, 28 agosto de 2002.
Disponible en http://www.iht.com
ROMANO, S. “Crude Verità e Fragili idee“. Corriere della Sera, 9 agosto de 2002.
UNITED NATIONS, Report of the World Commission on Environment and Development. A/RES/42/187.
Accesible en http://www.un.org/documents/ga/res/42/ares42-187.htm
NOTAS
1 En tal sentido el Club de Roma fue uno de los primeros en llamar la atención sobre los riesgos del crecimiento en The Limits to Growth, 1972.
2 No obstante, no debe desconocerse la incidencia de otro tipo de elementos a la hora de entender el fomento que desde los países europeos se da a las energías renovables. La apuesta “verde” de muchos de ellos forma parte de una estrategia que, fruto de la sensibilidad medioambiental de algunos países, les ha permitido desarrollar tecnología de primera línea en este campo.
Así Alemania es el principal exportador europeo en este tipo de tecnología y ha llegado a acuerdos para reducir las emisiones favorecedoras del efecto invernadero en más de un 35% para el año 2012 (superando incluso el listón del 21% fijado en Kioto). La preocupación medioambiental no deja de estar vinculada – o al menos no es incompatible - con un interés económico a la hora de promover una tecnología desarrollada principalmente por los mismos países que la fomentan en los foros internacionales.
3 “For too long, environmentalists and industrialists alike have seen a false trade-off between environmental protection and economic growth. We must introduce a new wayof thinking-one that sees economic and environmental health as interlinked, mutually supportive goals”.
4 Con los negativos efectos en el medioambiente que supone la utilización de este tipo de combustibles.
5 Con mayor motivo cuando las diferencias se sitúan en el plano del consumo. Así, en la tierra sobre 6.300 millones de personas, solo el 15% vive en países ricos consumiendo el 56% de los recursos mundiales, cuya procedencia se a menudo se sitúa en los países más pobres.
Según datos del World Resources Institute: http://www.wri.org/wri-ndex.html
Extraído de " Desarrollo sostenible y el 'teorema de Johannesburgo' ".
Autor : Joaquín Támara Analista del Instituto Internacional de Gobernabilidad de Cataluña (IIGC)
http://www.iigov.org/dhial/?p=40_06