Una pequeña empresa de Argentina lanzará al mercado un nuevo modelo de
frigorífico.
Pero no será un refrigerador más: pasará a la historia por ser el primero en
América continental que funcionará sin dañar la capa de ozono ni contribuir al
calentamiento global.
El modelo se utiliza en Europa desde hace casi una década. Pero las compañías
trasnacionales que lo fabrican allí se resisten a mudar la producción a América.
Firmas argentinas y de otros países latinoamericanos intentaron
infructuosamente el mismo desarrollo, hasta que este año lo logró Autosal, una
empresa con 180 empleados responsable de las marcas Columbia y Koh-i-noor.
El precio y el tradicional modelo y color blanco no tendrán cambios. Para
advertir la novedad hay que revisar la caja negra que está en la parte trasera
del equipo, esa que se disimula contra la pared de las cocinas.
Allí, dentro del motor compresor, el agente refrigerante no es más el
clorofluorocarbono (CFC) destructor de las moléculas del ozono estratosférico
que protege la vida terrestre de las radiaciones solares dañinas.
Tampoco se encuentra el nocivo hidroclorofluorocarbono (HCFC), que no agota
la capa de ozono pero es un gas de efecto invernadero, pues contribuye a
recalentar el clima del planeta.
El nuevo refrigerante es el isobutano, un gas de la familia de los
hidrocarburos que cuenta con el visto bueno del Protocolo de Montreal, destinado
a eliminar los gases que dañan la capa de ozono.
Los HCFC fueron un paso adelante de los CFC, hasta que se comprobó su calidad
de gases invernadero. En cambio, el isobutano pasa la prueba del Protocolo de
Kyoto, el acuerdo internacional para reducir las emisiones de gases que
contribuyen al cambio climático que aún no está en vigor.
El nuevo modelo de frigorífico reemplaza asimismo al hidrofluorocarbono (HFC)
que se utilizaba como agente de expansión de la espuma aislante para insertar en
puertas y paredes del aparato electrodoméstico.
Para ese fin se utiliza ciclopentano, otro gas hidrocarburo. De esta manera,
el producto cumple con los requerimientos de ambos protocolos, tal como ocurre
con la mayoría de los refrigeradores a la venta en Europa.
La técnica fue desarrollada a comienzos de los años 90 por la organización
ecologista Greenpeace, que la llamó ”greenfreeze” y financió la producción de un
prototipo de reemplazo de CFC y HCFC por gases hidrocarburos. Para asegurar su
difusión masiva, Greenpeace se abstuvo de patentar el invento.
Al principio la idea fue rechazada por los principales fabricantes de
refrigeradores de Alemania, que acababan de invertir en el reemplazo de los CFC
por HCFC.
Las empresas alegaron también razones de seguridad, por tratarse de gases
inflamables. Pero una firma al borde de la bancarrota, afincada en lo que fue
hasta 1990 Alemania Oriental, se abrazó a la idea, relató a Tierramérica la
coordinadora de la Campaña Soluciones de Greenpeace Argentina, Mariana Walter.
En poco tiempo la empresa alemana Foron aumentó notablemente sus ventas,
tanto que al cabo de algunos meses los grandes fabricantes de ese país
reconvirtieron sus plantas a la nueva tecnología, presionados por la demanda del
mercado.
Así, trasnacionales como Whirlpool, Bosch o Electrolux comenzaron a producir
frigoríficos con tecnología verde en Europa, pero no en América.
Ni siquiera los países más desarrollados del hemisferio, Estados Unidos y
Canadá, han adoptado esta producción, que requiere inversiones adicionales.
Sólo Cuba, impedida de importar refrigerantes químicos en virtud del embargo
estadounidense de más de tres décadas, fabricaba refrigeradores con gases
hidrocarburos.
Varios fabricantes argentinos procuraron adaptar sus fábricas a la producción
limpia pero todos los intentos acabaron en fracaso.
”De cuatro firmas que comenzaron el proyecto, tres quebraron”, sintetizó
Walter. Sólo quedó Autosal, radicada en la provincia nororiental de San Luis,
que abastece a 12 por ciento del mercado.
Hasta ahora vende 12.000 unidades por año, pero proyecta colocar 5.000 por
mes con el nuevo modelo, dijo a Tierramérica el gerente de mercadero de Autosal,
Guillermo Moro.
La firma invirtió 1,5 millones de dólares en la reconversión, 800.000
aportados por el Fondo Multilateral del Protocolo de Montreal, creado para
asistir los procesos industriales que necesitan los países en desarrollo para
cumplir con la meta de eliminar los CFC para 2010.
Según Moro, las medidas de seguridad que requieren el isobutano y el
ciclopentano no son mayores que para otras fábricas de refrigeradores.
”Colocamos sensores capaces de detectar cualquier fuga de gas”, dijo el
ejecutivo.
Aunque la nueva producción es un poco más cara, la compañía resolvió absorber
la diferencia y mantener los precios.
La nueva tecnología limpia no será publicitada por la empresa. ”Salimos al
mercado cuando casi termina la temporada (de compra de heladeras, de octubre a
enero), y no nos conviene lanzar una campaña publicitaria ahora. Quizás el año
próximo”, explicó Moro.
En cambio, Greenpeace se ocupará de difundir el nuevo producto. ”Es un hecho
clave para abrir el juego en la región a otras empresas que se quieran sumar al
uso de esta tecnología”, explicó Walter.
La idea de los ecologistas es repetir lo ocurrido en Alemania: que los
consumidores interesados por los beneficios de la tecnología demanden al mercado
más productos verdes.
Por Marcela Valente
Fuente: Tierramérica