La
explotación insostenible de los bosques africanos "ayuda a perpetuar la
pobreza de algunos países". Así lo confirma un reciente informe de la
organización ecologista Greenpeace. Los expertos han estudiado la situación
política, social y económica, de diez países africanos, enmarcando la crisis
de los bosques en un escenario de pobreza, endeudamiento económico, corrupción
política, programas de ajuste estructural desastrosos y conflictos bélicos. El
continente africano pierde 40.000 kilómetros cuadrados de bosque cada año.
Otras regiones del planeta también padecen esta amenaza.
La explotación insostenible de los bosques
africanos "ayuda a perpetuar la pobreza de algunos países". Así lo
confirma un reciente informe de la organización ecologista Greenpeace. Los
expertos han estudiado la situación política, social y económica, de diez países
africanos, enmarcando la crisis de los bosques en un escenario de pobreza,
endeudamiento económico, corrupción política, programas de ajuste estructural
desastrosos y conflictos bélicos. El continente africano pierde 40.000 kilómetros
cuadrados de bosque cada año. Otras regiones del planeta también padecen esta
amenaza.
Las industrias madereras internacionales son las responsables directas de las
altas tasas de deforestación y los compradores son cómplices en este comercio
de destrucción. En el informe citado se observa, por ejemplo, que un 86% de las
maderas tropicales que importa España (700.000 metros cúbicos de madera cada año)
proceden de 10 países africanos situados entre los más pobres y endeudados del
mundo: Camerún, Costa de Marfil, Guinea Ecuatorial, República Centroafricana,
Gabón, República Democrática del Congo, República del Congo, Ghana, Liberia
y Nigeria. Estos países pierden anualmente más de 14.000 kilómetros cuadrados
de bosque tropical. El actual ritmo de extracción de madera en muchas regiones
es insostenible, y supone altos costes sociales y ambientales. Por el hecho de
poner sus recursos forestales en juego para salir del subdesarrollo, ninguno de
estos países ha mejorado su situación social y económica durante la década
de los noventa. Los conflictos bélicos, las convulsiones políticas y las
adversas situaciones económicas hacen que con frecuencia los gobiernos
africanos traten sus bosques tropicales como una rápida fuente de ingresos y
divisas extranjeras para pagar la deuda externa o para comprar armar en otros
casos.
La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación)
calcula que la tasa de deforestación para Africa Central es del 0,6 por ciento.
Es en esta zona donde aún se conserva el 60% de los bosques tropicales
originales, mientras en la zona occidental del continente ya sólo se conserva
el 12% de la superficie forestal original.
No debemos olvidar que la Tierra pierde cada año más de 11 millones de hectáreas
de bosques vírgenes. Actualmente, se calcula que 1.700 millones de personas,
casi un tercio de la humanidad sufre los efectos de la deforestación. Las
previsiones, al ritmo de consumo actual, son pesimistas: en el 2025 la cifra de
personas afectadas será el triple.
El decrecimiento de la tasa forestal es una de las preocupaciones ecológicas más
importantes a nivel global, como confirman las últimas cumbres mundiales. El
cambio climático, está produciendo efectos devastadores sobre la masa forestal
y son muchos los factores que están interconectados.
La tala abusiva de árboles es uno de los más importantes, amenaza al 70 por
ciento de las forestas primitivas. En el mundo, casi 3.000 millones de personas
en el mundo utilizan todavía la leña como fuente de energía para calentar y
cocinar. Son las mujeres quienes sufren de manera directa la pérdida de los
bosques, pues cada vez han de ir más lejos a recolectar la leña. Una tarea,
junto a la de encontrar agua, en la que consumen tiempo, esfuerzo y salud. Por
otro lado, debido a la escasez de árboles, se calcula que ocho de cada diez
personas no disponen del suficiente papel para atender las necesidades mínimas
de alfabetización y comunicación.
Hay bosques en peligro en todo el planeta, pero las regiones forestales más
amenazadas, se encuentran repartidas en todos los continentes. En Norteamérica,
el bosque boreal interior de Alaska, el montano meridional de los Apalaches, el
subalpino de las Rocosas septentrionales y la Taiga boreal de Canadá; en
Latinoamérica el bosque tropical montano de Costa Rica, el tropical húmedo de
llanura de Panamá, el montano de los Andes septentrionales en Ecuador y Perú,
el bosque de encina y pino del norte de México y los manglares costeros de
Brasil; en África y Oriente Próximo, el bosque de las montañas de Usambara en
Tanzania, los manglares costeros de Senegal, los bosques tropicales secos de
Malawi y Mozambique y el montano de Siria; en Asia y Pacífico, peligran los
bosques de Yunnan en China, el de Maui en Hawai, los perennes de llanura en
Malasia e Indonesia y los de Montañas Azules en Australia. También en Europa
están en alto riesgo la taiga alpina en Noruega, el bosque mediterráneo en
Grecia y en el centro y este de Siberia, Rusia.
Desde comienzos de los ochenta los científicos nos alertan sobre "el
efecto invernadero". Conocemos el recalentamiento de la Tierra, el peligro
de la emisión de gases y otros muchos efectos que condenan a muerte al medio
ambiente en el que todos vivimos. Pero mientras la desaparición masiva de árboles
resta al ecosistema capacidad de metabolismo del CO2, los mecanismos
establecidos en el Protocolo de Kyoto se ven burlados de maneras diversas por
muchos países.
Nos quedan vivos sólo un 22% de los bosques originarios del planeta. Si el
ritmo de destrucción de nuestros bosques es muy superior al de recuperación
-cada dos segundos se pierde una superficie como la de un campo de fútbol- y no
hacemos nada al respecto, pronto la Tierra perderá sus pulmones.
Hagamos nuestras las protestas y propuestas de las grandes organizaciones
ecologistas y demos un paso más hacia la ecosofía, como propone el filósofo
Raimón Pánikkar.
Pues sólo cuando el ser humano comprende que forma parte del oikós, que su
entorno y él forman un todo, respeta y ama el medio ambiente donde vive.
Por: María
José Atiénzar