Los niveles de dióxido
de carbono en la atmósfera aumentan. De seguir sin control, podrían provocar
el fin de la vida en la Tierra. Acordar soluciones adecuadas y equitativas no
parece fácil.
En
el Protocolo de Kioto (1997), los gobiernos de los países industrializados se
comprometieron a reducir las emisiones de gases. Pero, también inventaron una
especie de "mercado de emisiones de carbono" a fin de evitar cumplir
esos compromisos.
Que nuestro planeta sea habitable depende del equilibrio en los niveles de dióxido
de carbono. En las condiciones actuales, la superficie terrestre mantiene una
temperatura media adecuada de 15ºC. Pero sin la presencia de gases de efecto
invernadero, bajaría a -6ºC, y si aumentara el nivel de los mismos, el agua de
los océanos entraría en ebullición.
De los 580.000 millones de toneladas de carbono en la atmósfera que había
antes de la Revolución Industrial, hemos pasado a superar los 750.000 millones
en la actualidad. El 90% del incremento de las emisiones de CO2 proviene de los
países del Norte. En el último siglo, ha aumentado casi un grado la
temperatura global. En todo el planeta las tormentas, sequías e inundaciones
extremas causan estragos. El Ártico ha perdido en los últimos 20 años una
superficie de hielo equivalente a la del estado de Texas. Por un aumento de
200.000 millones de toneladas se produciría un calentamiento de 3 °C y sufriríamos
una ola de calor sin precedentes.
Ante esta grave situación se han encontrado diferentes salidas posibles.
Una de ellas propone reducir drástica y aceleradamente el uso de combustibles fósiles,
igualar las emisiones per cápita a nivel mundial, y reducir las emisiones
totales. Asimismo, señala que está pendiente de pago la "deuda de
carbono" que el Norte mantiene con el Sur por el sobreuso histórico que ha
realizado de la atmósfera.
La otra propuesta implica la adopción de programas dirigidos a modificar la
biosfera y la corteza terrestre para permitir que absorban más CO2. Este
segundo enfoque no sólo ignora la historia del uso desigual de los depósitos y
sumideros de carbono, sino que agrava las desigualdades en cuanto al acceso a
los recursos. Implica que cualquier nivel de emisiones de dióxido de carbono es
aceptable en tanto sea "compensado" por alguna actividad que lo
absorba. El ejemplo más claro son las plantaciones de árboles dado que, a través
de la fotosíntesis, éstos convierten el CO2 en carbono que acumulan en su
madera. De este manera, una empresa industrial que emite millones de toneladas
de dióxido de carbono al año se propone pasar por "neutra" siempre
que plante miles de árboles.
El primer planteamiento se basa en sólidos conocimientos científicos. Miles de
años de experiencia han demostrado la efectividad de mantener los hidrocarburos
bajo tierra como forma de lograr que los niveles de CO2 atmosférico permanezcan
estables. Para que el volumen de CO2 no se dispare habría que disminuir las
emisiones al menos en un 60% respecto a las de 1990.
Por el contrario, el segundo planteamiento se basa en dudosos fundamentos científicos.
No hay seguridad sobre cuáles son los actuales sumideros de carbono ni sobre cómo
funcionan. No hay consenso acerca de cuánto carbono absorben y emiten los
bosques templados. Reemplazar praderas por plantaciones forestales puede
resultar contraproducente. Si se sigue demorando la transición hacia una
distribución más equitativa de las emisiones y a regímenes energéticos más
sensatos, tales plantaciones "compensatorias" podrían determinar un
aumento en las emisiones de carbono.
Los defensores de la creación de un mercado de "deducción" del
carbono consideran ganada la batalla. Pero no es posible convertir la atmósfera
en una propiedad privada. Las empresas petroleras, forestales, fabricantes de
automóviles, la banca multilateral, y los funcionarios de países del Norte
tendrán que luchar contra la ciencia, el sentido común, y sobre todo los
pueblos cuyas vidas están amenazadas por estas prácticas.
La iniciativa de las plantaciones "compensatorias" de carbono extiende
y consolida la desigualdad. El movimiento crítico frente al crecimiento del
Mercado de Carbono global plantea una solución alternativa, el principio de
"contracción y convergencia", según el cual los países deberán
negociar un máximo admisible de concentración de CO2 en la atmósfera, acorde
con el nivel de riesgo que estimen los científicos. Y de ahí, acordar
progresivas disminuciones de las emisiones para lograrlo, mientras los niveles
de emisión de los ricos y los pobres se igualarían gradualmente. Lo que se
requiere no es una nueva y sofisticada tecnología, sino un fuerte movimiento
político que impulse las iniciativas ya existentes. Sería abordar las causas
de fondo de la crisis del clima. Se puede alcanzar un clima equilibrado, pero no
con más monocultivos forestales, sino a través de un compromiso con la
igualdad.
Por
María José Atiénzar