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| Un avión argentino voló con biocombustible |
Se trata del primer vuelo hecho con biocombustible en el hemisferio sur y del segundo a nivel mundial. La pista de la Escuela de Aeronáutica de Córdoba fue testigo de la
colaboración entre el complejo agroindustrial, el mundo militar y un
grupo de científicos cuando despegó el avión Pucará A-561 del Centro de
Ensayos en Vuelo de la Fuerza Aérea Argentina (FAA).
El combustible quemado por el avión se conoce como “Biojet”, un cóctel
integrado en un 20% por derivados de aceites de soja y en un 80% por
JP1. Tiene las mismas prestaciones que el JP1, pero bastantes ventajas
potenciales en lo ambiental (menos emisiones de carbono fósil y de
azufre) y en lo económico.
Esta es apenas la hojita más
visible de un vasto árbol de emprendimientos con potentes raíces en los
sectores científicos, educativos, agroindustriales, municipales y
militares, cuyo objetivo es posicionar a la Argentina como uno de los
referentes mundiales de los combustibles derivados de la agricultura, y
que son dominados por Brasil y Estados Unidos, que dominan el 80% de la
producción.
Detrás de este "proyecto estrella" de la FAA, que
tratará de homologar internacionalmente el Biojet, patentar su receta
de fabricación y volverlo habitual en las flotas aerocomerciales de
todo el planeta, hay otro proyecto nacional mucho mayor. Se llama
"Generación y optimización de tecnologías de producción de
biocombustibles".
Otros proyectos
Dentro de cuatro
años estará funcionando en los terrenos de la municipalidad de Junín el
primer laboratorio de investigación, desarrollo, referencia y garantía
de calidad en biocombustibles y una planta piloto experimental anexa
para biodiésel.
Entretanto, se estudia la factibilidad de una
planta piloto similar en Chacabuco, pero para ensayos de fabricación de
bioetanol a partir de un cultivo nuevo para el país: el sorgo dulce.
Dicho emprendimiento está conducido por la Fundación Innova-T a través
de un proyecto financiado por la Agencia Nacional de Promoción
Científica y Tecnológica, que engloba al Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), a la petrolera
Enarsa, a las municipalidades de Junín y Chacabuco, la Universidad del
Noroeste de la Provincia de Buenos Aires (Un.No.Ba), la Fundación
Democracia y una pléyade de firmas agroindustriales, como la semillera
Don Atilio, ELB Global SA, Desarrollos y Tecnología SA, Ontai Hermano
Sol SA, Energía Ecológica SA, amén del llamado Consorcio Productivo del
Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, que agrupa a las principales
industrias de un total de siete municipios: los mencionados y además
General Pinto, Lincoln, Leandro Alem, General Arenales y Ameghino.
"Hay
mucho por hacer -dice Roberto Marqués, de InnovaT-. Por una parte,
identificar, mejorar y poner en valor las mejores especies vegetales
para fabricar combustibles líquidos. Esto significa ir más allá del
paradigma actual de soja y maíz y pampa húmeda y abrirse a cultivos muy
nuevos para el país, de modo de que el agro energético no le quite
tierras al agro alimentario ni encarezca los precios de los
comestibles. ¿Algunas plantas que son candidatos obvios? El sorgo dulce
para bioetanol y la colza para biodiésel o la jatrofa -muy oleaginosa-
en tierras áridas. Pero el proyecto es mucho más ambicioso: queremos
identificar incluso algas cultivables en escala industrial capaces de
generar biocombustibles”.
"Por otra parte -continúa Marqués-,
tenemos que agrupar y formar investigadores en nuevas fuentes de
agrocombustibles, que casi no hay. Y además, inventar y desarrollar
nuevos productos, como ha sido el caso concreto del Biojet de la FAA. Y
también hay que transferir a la industria los correspondientes
«paquetes tecnológicos» y las certificaciones de calidad
correspondientes. Y como cierre hay que desarrollar, junto con cada
producto, el know-how de gestión de residuos que genere su fabricación.
Es una agenda enorme. Lo que queremos es que en el futuro mercado
mundial de agrocombustibles la Argentina ponga inteligencia, y no sólo
tierra."
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