Madrid,
14 may (Abc).- Las gaviotas que sobrevuelan el puerto de Hamilton, en la
industralizada región de Ontario (Canadá), no son distintas a las que anidan
en remotos islotes, al menos en apariencia. Sin embargo, un equipo de
investigadores de la Universidad McMaster descubrió hace diez años que las
gaviotas de Hamilton experimentan en sus células una tasa de mutaciones genéticas
anormalmente alta. La hipótesis esbozada por los profesores Christopher Somers
y James Quinn fue que la contaminación del aire en esa región industrial inducía
alteraciones en el ADN de las aves y quizá de otros seres vivos.
Para
corroborar esas sospechas, Somers y Quinn regresaron al laboratorio y prepararon
un experimento con dos grupos de ratones expuestos a distintos niveles de
contaminación atmosférica. En una caseta instalada en la zona más
industrializada de Hamilton, junto a dos siderurgias y una autopista, habitó un
grupo de ratones. El otro fue recluido en cámaras similares colocadas en un
entorno rural, a 30 kilómetros del puerto. Al analizar la descendencia de los
roedores, Quinn y Somers observaron que los habitantes en la zona industrial tenían
una tasa de mutación genética en las células sexuales hasta dos veces
superior.
Micropartículas de polvo y carbonilla
Ahora estos indicios son apuntalados en un experimento mucho más preciso, diseñado
para averiguar qué componentes atmosféricos desencadenan ese daño en el
material genético. Aunque esta investigación publicada hoy en 'Science' no
despeja todas las incógnitas, apunta directamente como agente mutagénico a las
microscópicas partículas de carbonilla y polvo, que habitualmente contienen
una clase de compuestos tóxicos llamados hidrocarburos aromáticos policíclicos.
Quinn y Somers utilizaron esta vez cuatro grupos de ratones de laboratorio, dos
en el área industrial y dos en la zona rural, así como dos clases de cámaras
para cobijar a los animales: una con sistema de filtración de partículas del
aire y otra sin ese elemento de protección. A las diez semanas, todos los
roedores fueron cruzados para analizar alteraciones en el ADN de un gen
seleccionado como marcador. Los exámenes moleculares revelaron que la
descendencia de los ratones que respiraron aire contaminado heredó el doble de
mutaciones genéticas que los ratones procreados en los otros tres grupos.
La utilización de los filtros deja poco lugar a dudas de la implicación de
esas partículas de carbonilla y polvo que, en áreas con alta contaminación
del aire, se inhalan y penetran en los pulmones con materiales tóxicos que
finalmente alcanzan el torrente sanguíneo. Uno de los compuestos más
peligrosos que contienen esas partículas, o se adhieren a su superficie
exterior, son los citados hidrocarburos aromáticos policíclicos. Numerosos
estudios asocian la exposición a esos hidrocarburos, bien por el humo del
tabaco o la quema de carbón, a mutaciones genéticas en células pulmonares que
pueden acabar en un cáncer. La pregunta que aún deben responder los
investigadores es cómo esos compuestos tóxicos dañan también las células
sexuales.
En un artículo que analiza con cautela estos resultados, tres especialistas de
varios centros de Estados Unidos aventuran que las alteraciones genéticas en la
línea germinal serían resultado de una secuencia de hechos. Empezaría con la
inhalación de esas partículas, su entrada desde los pulmones a la sangre y el
posterior transporte al hígado. Allí, los metabolitos resultantes terminarían
por llegar a los testículos, dañando ADN de células madre precursoras de
espermatozoides.
Este trío de científicos -Jonathan Samet, David DeMarini y Heinrich Malling-
recuerdan que hay pruebas de que los hidrocarburos aromáticos policíclicos
inhalados en micropartículas pueden originar alteraciones en el desarrollo. Por
ejemplo se ha comprobado que las embarazadas expuestas a ambientes con ese tipo
de contaminación dan a luz bebés con bajo peso, sobre todo si la exposición
se produce durante el primer mes de gestación. No obstante, el artículo
precisa que los resultados obtenidos en ratones deben extrapolarse con suma
cautela a los humanos, ya que el mecanismo subyacente en cierto tipo de
mutaciones genéticos no es idéntica en roedores y personas. Otro interrogante
que debe despejarse es si las mutaciones observadas en las células sexuales de
los ratones pueden afectar a genes importantes para la salud, una posibilidad
que exigirá mucha más investigación.