Texto
resumido del capítulo 1 del libro "Saber Ambiental: Sustentabilidad,
racionalidad, complejidad, poder", por Enrique Leff, investigador mexicano
e integrante del PNUMA. Editado por Siglo XXI y PNUMA, México, 1998.
Las
estrategias de apropiación de los recursos naturales del Tercer Mundo en el
marco de la globalización económica han transferido sus efectos de poder al
discurso del desarrollo sostenible. Ante la imposibilidad de asimilar sus
propuestas críticas, la política del crecimiento sostenible va desactivando,
diluyendo y pervirtiendo el concepto de ambiente y burlando las condiciones de
sustentabilidad del proceso económico.
Si en los años setenta la crisis ambiental llevó a proclamar el
freno al crecimiento antes de alcanzar el colapso ecológico, en los años
noventa la dialéctica de la cuestión ambiental ha producido su negación: hoy
el discurso neoliberal afirma la desaparición de la contradicción entre
ambiente y crecimiento. Los mecanismos de mercado se convierten en el medio más
certero y eficaz para internalizar las condiciones ecológicas y los valores
ambientales al proceso de crecimiento económico. En la perspectiva neoliberal,
los problemas ecológicos no surgen como resultado de la acumulación de
capital, ni por fallas del mercado, sino por no haber asignado derechos de
propiedad y precios a los bienes comunes. Una vez establecido lo anterior, la
clarividentes leyes del mercado se encargarían de ajustar los desequilibrios
ecológicos y las diferencias sociales: la equidad y la sustentabilidad.
El
discurso dominante busca promover el crecimiento económico sostenido, negando
las condiciones ecológicas y termodinámicas que establecen límites a la
apropiación y transformación capitalista de la naturaleza. La naturaleza est
siendo incorporada así al capital mediante una doble operación: por una parte
se intenta internalizar los costos ambientales del progreso; junto con ello, se
instrumenta una operación simbólica, un "cálculo de significación"
que recodifica al hombre, la cultura y la naturaleza como formas aparentes de
una misma esencia: el capital. Así, los procesos ecológicos y simbólicos son
reconvertidos en capital natural, humano y cultural, para ser asimilados al
proceso de reproducción y expansión del orden económico, reestructurando las
condiciones de la producción mediante una gestión económicamente racional del
ambiente.
La
ideología del desarrollo sostenible desencadena así un delirio y una inercia
incontrolable de crecimiento. El discurso de la sostenibilidad aparece como un
simulacro que niega los límites del crecimiento para afirmar la carrera
desenfrenada hacia la muerte entrópica. El neoliberalismo ambiental pareciera
apartarnos de toda ley de conservación y reproducción social para dar curso a
una metástasis del sistema, a un proceso que desborda toda norma, referente y
sentido para controlarlo. Si las estrategias del ecodesarrollo surgieron como
respuesta a la crisis ambiental, la retórica de la sostenibilidad opera como
una estrategia fatal, una inercia ciega, una precipitación hacia la catástrofe.
De
esta manera, la retórica del crecimiento sostenible ha reconvertido el sentido
crítico del concepto de ambiente en un discurso voluntarista, proclamando que
las políticas neoliberales habrán de conducirnos hacia los objetivos del
equilibrio ecológico y la justicia social por la vía más eficaz: el
crecimiento económico guiado por el libre mercado. Este discurso promete
alcanzar su propósito, sin una fundamentación sobre la capacidad del mercado
para dar su justo valor a la naturaleza, para internalizar las externalidades
ambientales y disolver las desigualdades sociales; para revertir las leyes de la
entropía y actualizar las preferencias de las generaciones futuras.
Ello
lleva a plantear la pregunta sobre la posible sustentabilidad del capitalismo,
es decir de una racionalidad económica que tiene el inescapable impulso hacia
el crecimiento, pero que es incapaz de detener la degradación entrópica que
genera. Frente a la conciencia generada por la crisis ambiental, la racionalidad
económica se resiste al cambio, induciendo una estrategia de simulación y
perversión del discurso de la sustentabilidad. El desarrollo sostenible se ha
convertido en un trompe l'oeil que burla la percepción de lo real y nuestro
actuar en el mundo.
El
discurso del crecimiento sostenible se vuelve como un boomerang, degollando y
engullendo al ambiente como concepto que orienta la construcción de una nueva
racionalidad social. Esta estrategia discursiva de la globalización se
convierte en un tumor semiótico, en una metástasis del pensamiento crítico
que disuelve la contradicción, la oposición y la alteridad, la diferencia y la
alternativa, para ofrecernos en sus excrementos retóricos una re-visión del
mundo como expresi¢n del capital. La realidad ya no sólo es refuncionalizada
para reintegrar las externalidades de una racionalidad económica que la
rechaza. Más allá de la posible valorización y reintegración del ambiente,
éste es recodificado como elementos diferenciados del capital globalizado y la
ecología generalizada.
La
reintegración de la economía al sistema más amplio de la ecología se daría
por el reconocimiento de su idéntica raíz etimológica: oikos. Pero en esta
operación hermenéutica se desconocen los paradigmas diferenciados de
conocimiento en los cuales se ha desarrollado el saber sobre la vida y la
producción. De esta forma, los potenciales de la naturaleza adoptan la forma de
un capital natural. La fuerza de trabajo, los valores culturales, las
potencialidades del hombre y su capacidad inventiva se convierten en capital
humano. Todo es reducible a un valor de mercado y representable en los códigos
del capital.
El
discurso del desarrollo sostenible se inscribe así en una "política de
representación", que constituye identidades para asimilarlas a una lógica,
a una razón, a una estrategia de poder para la apropiación de la naturaleza
como medio de producción. En este sentido, las estrategias de seducción y
simulación del discurso de la sostenibilidad constituyen el mecanismo extraeconómico
por excelencia de la postmodernidad para la explotación del hombre y de la
naturaleza, sustituyendo a la violencia directa como medio para la explotaci¢n
y apropiación de los recursos.
El
capital, en su fase ecológica está pasando de las formas tradicionales de
apropiación primitiva, salvaje y violenta de los recursos de las comunidades,
de los mecanismos económicos del intercambio desigual entre materias primas de
los países subdesarrollados y los productos tecnológicos del primer mundo, a
una estrategia discursiva que legitima la apropiación de los recursos naturales
que no son directamente internalizados por el sistema económico. A través de
esta operación simbólica, se redefine a la biodiversidad como patrimonio común
de la humanidad y se recodifica a las comunidades del Tercer Mundo como parte
del capital humano del planeta.
El
discurso de la globalización aparece así como una mirada glotona más que como
una visión holística; en lugar de aglutinar la integridad de la naturaleza y
de la cultura, engulle para globalizar racionalmente al planeta y al mundo. Esta
operación simbólica somete a todos los órdenes del ser a los dictados de una
racionalidad globalizante. De esta forma, prepara las condiciones ideológicas
para la capitalización de la naturaleza y la reducción del ambiente a la razón
económica. Las estrategias fatales de este discurso globalizante resultan de su
pecado capital: su gula infinita e incontrolable de todo lo real.
El
discurso de la sostenibilidad busca reconciliar a los contrarios de la dialéctica
del desarrollo: el medio ambiente y el crecimiento económico. En este salto
mortal, más que dar una vuelta de tuerca de la racionalidad económica, se
opera un vuelco y un torcimiento de la razón: el móvil del discurso no es
internalizar las condiciones ecológicas de la producción, sino proclamar el
crecimiento económico como un proceso sostenible, sustentado en los mecanismos
del libre mercado como medio eficaz para asegurar el equilibrio ecológico y la
igualdad social. La tecnología se encargaría así de revertir los efectos de
la degradación entrópica en los procesos de producción, distribución y
consumo de mercancías: el monstruo englute los desechos en sus propias entrañas;
la máquina anula la ley natural que la crea.
La
tecnología disolvería la escasez de recursos haciendo descansar la producción
en un manejo indiferenciado de materia y energía; los demonios de la muerte
entrópica serían exorcizados por la eficiencia tecnológica. La ecología se
convertiría en el instrumento para ampliar los límites del crecimiento: el
sistema ecológico funcionaría como tecnología de reciclaje; la biotecnología
inscribiría a los procesos de la vida en el campo de la producción; el
ordenamiento ecológico permitiría relocalizar las actividades productivas,
extendiendo el territorio como soporte de un mayor crecimiento económico para
ampliar los espacios de producción, circulación y consumo.
El
discurso del crecimiento sustentable busca inscribir las políticas ambientales
en las vías de ajuste que aportaría la economía neoliberal a la solución de
los procesos de degradación ambiental y al uso racional de los recursos
ambientales; al mismo tiempo, responde a la necesidad de legitimar a la economía
de mercado, que en su movimiento inercial resiste el estallido que le est
predestinado por su propia ingravidez mecanicista. Como un alud de nieve, en su
caída va adhiriéndose una capa discursiva con la que intenta contener su
colapso. Así, prosigue un movimiento ciego hacia el futuro, sin una perspectiva
sobre las posibilidades de desconstruir el orden económico antiecológico y de
transitar hacia un nuevo orden social, guiado por los principios de
sustentabilidad ecológica, democracia participativa y racionalidad ambiental.
Estas
estrategias de capitalización de la naturaleza han penetrado al discurso
oficial de las políticas ambientales y de sus instrumentos legales y
normativos. El desarrollo sustentable convoca así a todos los actores sociales
(gobierno, empresarios, académicos, ciudadanos, campesinos, indígenas) a un
esfuerzo común. Se realiza así una operación de concertación y participación
en la que se integran las diferentes visiones y se enmascaran los intereses
contrapuestos en una mirada especular, convergente en la representatividad
universal de todo ente en el reflejo del argenteo capital. Así se disuelve la
posibilidad de disentir frente al propósito de un futuro común, una vez
definido el desarrollo sostenible, en buen lenguaje neoclásico, como la
contribución igualitaria del valor que adquieren en el mercado los diferentes
factores de la producción y los diferentes actores del desarrollo sostenible.
Esta
estrategia intenta debilitar las resistencias de la cultura y de la naturaleza
misma para ser reconvertidas dentro de la lógica del capital. Busca así
legitimar la desposesión de los recursos naturales y culturales de las
poblaciones dentro un esquema concertado, globalizado, donde sea posible dirimir
los conflictos en un campo neutral. A través de esta mirada especular
(especulativa), se pretende que las poblaciones indígenas se reconozcan como
capital humano, que resignifiquen su patrimonio de recursos naturales y
culturales (su biodiversidad) como un capital natural, que acepten una
compensación económica por la cesión de ese patrimonio a las empresas
transnacionales de biotecnología. Estas serían las instancias encargadas de
administrar racionalmente los "bienes comunes", en beneficio del
equilibrio ecológico, del bienestar la humanidad actual y de las generaciones
futuras.
El
tránsito hacia la sustentabilidad fundado en el supuesto de que la economía ha
pasado a una fase de post-escasez, implica que la producción, como base de la
vida social, ha sido superada por la modernidad. Esta estrategia discursiva se
desplaza de la valorización de los costos ambientales hacia la legitimación de
la capitalización del mundo como forma abstracta y norma generalizada de las
relaciones sociales. Este simulacro del orden económico, que levita sobre las
propias relaciones de producción, libera al hombre de las cadenas de la
producción para reintegrarlo al orden simbólico.
Sin
embargo, no habría que pensar que este proceso de transición de la modernidad
hacia la postmodernidad convierte el discurso de la sostenibilidad en una retórica
que transfiere el poder sobre la producción a una mera lucha a nivel ideológico.
Esta operación simbólica funciona como una ideología --dentro de un aparato
ideológico del capital trasnacional-- para legitimar las nuevas formas de
apropiación de la naturaleza. A ellas ya no sólo podrán oponerse los derechos
tradicionales por la tierra, el trabajo o la cultura. La resistencia a la
globalización implica la necesidad de desactivar el poder de simulación y
perversión de las estrategias globalizantes de la sostenibilidad. Para ello, es
necesario construir una racionalidad social y productiva que más allá de
burlar el límite como condición de existencia, refunde la producción desde
los potenciales de la naturaleza y la cultura.
La
capitalización de la naturaleza está generando diversas manifestaciones de
resistencia cultural a las políticas de la globalización y al discurso de la
sostenibilidad, dentro de estrategias de las comunidades para autogestionar su
patrimonio histórico de recursos naturales y culturales. Se está dando así
una confrontación de posiciones, entre los intentos por asimilar las
condiciones de sustentabilidad a los mecanismos del mercado y un proceso político
de reapropiación social de la naturaleza. Este movimiento de resistencia se
articula a la construcción de un paradigma alternativo de sustentabilidad, en
el cual los recursos ambientales aparecen como potenciales capaces de
reconstruir el proceso económico dentro de una nueva racionalidad productiva,
planteando un proyecto social fundado en las autonomías culturales, la
democracia y la productividad de la naturaleza.
En
este sentido, la racionalidad ambiental reconoce la marca de la sustentabilidad
como una fractura de la razón modernizadora para construir desde esta falla una
racionalidad productiva fundada en el potencial ecológico y en nuevos sentidos
civilizatorios. De esta manera enfrenta a las estrategias fatales de la
globalización.
Fuente:
rebelio.org