Se
estima que cada año más de 20 millones de litros de químicos y combustibles
usados en el procesamiento de la cocaína y de la heroína terminan en las
vertientes del Orinoco y el Amazonas. Sistema de ‘tala y quema’ es el más
utilizado por los cultivadores ilegales.
Cali
y Bogotá. De manera silenciosa, mientras la atención de la opinión pública
se centra en el debate sobre los supuestos efectos nocivos del glifosato, los
narcotraficantes han arrasado más de tres millones de hectáreas de bosques y páramos
en los últimos quince años.
La cifra a secas tal vez no diga mayor cosa. Pero equivale a darle la vuelta
nueve veces a un departamento como Cundinamarca sin encontrar más que pastos o
la tierra arrasada por los químicos utilizados en el tratamiento de la hoja de
coca o del látex (la leche) de la amapola.
La alerta la lanzaron ayer las autoridades antinarcóticos y el Ministerio del
Medio Ambiente, en el marco de una campaña que pretende sensibilizar a los
colombianos sobre los alcances de esta situación.
“Si la deforestación continúa, en menos de dos décadas un perímetro
equivalente a los departamentos de Antioquia, Bolívar y Santander, será
desierto”, señaló el general Luis Alberto Gómez, director de la Policía
Antinarcóticos.
Para obtener un kilo de coca o amapola se deben talar tres hectáreas de bosque
nativo o de páramo. Con esas cuentas, no resulta extraño encontrar en las
selvas del Guaviare, en la Sierra Nevada de Santa Marta o en el Macizo
Colombiano grandes claros, que amenazan con devorar al verde que aún subsiste a
su alrededor.
Lo que advierten las autoridades es que mientras las fumigaciones —que en lo
que va corrido del año han alcanzado a 95.000 hectáreas de coca y amapola—
se hacen siguiendo los parámetros ambientales, los narcotraficantes no tienen
miramientos hacia la naturaleza.
En ese sentido, Gómez dijo que las fumigaciones seguirán por todo el país
porque la Policía está segura de su efectividad en la lucha contra el narcotráfico
y de que las sustancias utilizadas no son nocivas para el medio ambiente.
“La
Policía está direccionada por un Plan de Manejo Ambiental, auditorías
externas y la permanente vigilancia de la comunidad internacional con
inspecciones, sugerencias y recomendaciones para mejorar las operaciones”,
agregó.
‘TALA Y QUEMA’
El proceso de cultivo de coca o amapola es destructivo desde su primera etapa.
La modalidad es denominada de ‘tala y quema’, por la que los bosques son
primero talados para extraer sus maderas y después quemados, para permitir la
siembra.
En la medida en que las tierras se agotan, por hasta cuatro cosechas al año o
por la llegada de las fumigaciones, nuevas extensiones de selva y páramo son
colonizadas. Pero las primeras fincas son vendidas a otros, especialmente a
ganaderos que las compran a precios irrisorios para extender sus tierras de
pastoreo y financian a su vez los nuevos cultivos ilegales. Así, el ciclo de
destrucción se repite una vez tras otra.
Pero esto es sólo un capítulo del drama. El glifosato que se usa en las
fumigaciones es empleado por los mismos sembradores para limpiar de malezas los
cultivos de coca. Ese es tal vez el menos dañino de los químicos que emplean
los narcotraficantes en el proceso de producción, pues se calcula que cada año,
en toda América Latina, 600 millones de litros de precursores químicos van a
parar a los ríos.
Gasolina, querosene, ácido sulfúrico, amoníaco, bicarbonato de sodio,
carbonato de potasio, acetona y éter son algunos de los ‘ingredientes’
usados sin miramientos en la preparación de la cocaína y la heroína.
Fuente:
elpais-cali.terra.com.co