La demanda por un desarrollo que sea sostenible ha venido a convertirse en
uno de los tópicos más característicos de la cultura de nuestro tiempo, la cual
plantea al propio tiempo dilemas en apariencia insolubles
Como el de optar entre el crecimiento económico, la distribución equitativa de
sus frutos, o la conservación de los recursos naturales para beneficio de las
generaciones futuras.
«Darwin no sospechaba qué sátira tan amarga escribía de los hombres, y en
particular de sus compatriotas, cuando demostró que la libre concurrencia, la
lucha por la existencia celebrada por los economistas como la mayor realización
histórica, era el estado normal del mundo animal. Únicamente una organización
consciente de la producción social, en la que la producción y la distribución
obedezcan a un plan, puede elevar socialmente a los hombres sobre el resto del
mundo animal, del mismo modo que la producción en general les elevó como
especie. El desarrollo histórico hace esta organización más necesaria y más
posible cada día. A partir de ella datará la nueva época histórica en la que los
propios hombres, y con ellos todas las ramas de su actividad, especialmente las
Ciencias Naturales, alcanzarán éxitos que eclipsarán todo lo conseguido hasta
entonces.»
-Federico Engels: Introducción a la dialéctica de la
naturaleza-
«¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay
universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno,
que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? ... En
el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio
de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque
el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la
larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que
se levanta sin ella.»
-José Martí: Nuestra América-
La demanda por un desarrollo que sea sostenible ha venido a convertirse en
uno de los tópicos más característicos de la cultura de nuestro tiempo, a la
cual -si se la entiende aquella visión del mundo dotada de una ética acorde a su
estructura, como la definía Antonio Gramsci- plantea al propio tiempo dilemas en
apariencia insolubles, como el de optar entre el crecimiento económico, la
distribución equitativa de sus frutos, o la conservación de los recursos
naturales para beneficio de las generaciones futuras. En este sentido, el
problema de la sostenibilidad del desarrollo nos remite una vez más a aquélla
contradicción entre necesidades humanas y capacidades del mundo natural, tan
característica en la evolución de nuestra especie, que constituye uno de los
grandes temas de la historia ambiental, aquella que se ocupa del estudio de las
interacciones entre las sociedades humanas y su entorno a lo largo del tiempo, y
de las consecuencias que de ello se derivan para ambos.
La historia ambiental organiza ese estudio en tres planos de relación: el
biogeofísico, el socio-tecnológico y el político-cultural, donde maduran los
valores y las normas que llevan a reproducir o transformar nuestras formas de
relación social, y las que desde nuestra socialidad ejercemos con el mundo
natural. El tema que nos interesa aquí se ubica precisamente en este tercer
nivel, como un hecho de relación con los otros dos, insisto, y no de definición
aislada.
En ese nivel de relación, la historia ambiental aporta tres elementos de
reflexión que pueden ser de gran valor para el tipo de análisis
interdisciplinario que demandan nuestros problemas de relación con el mundo
natural. En primer término, que la naturaleza es ella misma histórica -esto es,
que el mundo natural no puede ser ya comprendido sin considerar las
consecuencias acumuladas por la intervención humana en sus ecosistemas a lo
largo de al menos los últimos cien mil años. En segundo lugar, está el hecho de
que nuestros conocimientos sobre la naturaleza son el producto de una historia
de la cultura organizada en torno a los valores dominantes en las sociedades que
han producido esos conocimientos. Por último, la historia ambiental nos recuerda
que nuestros problemas ambientales de hoy son el resultado de nuestras
intervenciones de ayer en el mundo natural, tal como fueron llevados a cabo en
el ejercicio de los valores dominantes en aquella cultura.
En esta perspectiva, se hace evidente que los valores dominantes en nuestra
cultura no bastan para dar cuenta de la crisis en que han venido a desembocar
las formas de relación con la naturaleza que esa cultura ha venido propiciando a
lo largo de los últimos 500 años. Hoy, por el contrario, nos encontramos en una
situación de extrema incertidumbre, que se hace evidente en expresiones como la
que afirma que no vivimos en una época de cambios, sino que nos encontramos
inmersos en un cambio de épocas. De ahí que -para utilizar una frase que fue
feliz anteayer-, todo lo que hace poco parecía sólido se desvanece en el aire;
las respuestas a nuestro alcance se ven privadas de las preguntas que les
otorgaban autoridad, y las excepciones de todo tipo se acumulan de un modo tal
que, lejos de confirmar reglas que dábamos por sentadas, llaman la atención
sobre la necesidad de crear otras, nuevas.
Una de las grandes víctimas de este cambio de época ha sido el concepto de
desarrollo, puntal ideológico del período inmediatamente anterior a la crisis,
que ayer apenas nos ofrecía un marco de referencia imprescindible para todo
análisis de la realidad que aspirase a la apariencia de lo integral. Hoy, el
desarrollo sólo conserva alguna capacidad explicativa -y, sobre todo, algún
poder normativo- cuando se presenta adjetivado como "humano" y "sostenible", en
una
tríada de apariencia compleja que, sin
embargo, ya no designa una solución, sino un problema: el de la incapacidad del
concepto original para dar cuenta de los conflictos en que ha venido a
desembocar la promesa de crecimiento económico con bienestar social y
participación política para todos que hasta hace poco quiso expresar.
En realidad, hace apenas veinte años, el
"decenio del desarrollo" que debió haber ocurrido entre 1970 y 1979
-así designado por las Naciones Unidas en el clima optimista del ciclo económico
ascendente que siguió a la II Guerra Mundial- desembocó en la "década
perdida" de 1980, que a su vez abrió paso a los procesos de ajuste
estructural y reforma del Estado liberal desarrollista que caracterizaron la de
1990. De este modo, y en el lapso de dos generaciones, el círculo virtuoso del
desarrollismo liberal característico de la década de 1960 -en el que el
crecimiento económico sostenido tendría que haberse traducido en bienestar
social y participación política crecientes- se había convertido en el círculo
vicioso de crecimiento económico mediocre e incierto, acompañado de procesos
de deterioro social y degradación ambiental sostenidos, con que se inaugura
este siglo nuevo.
Un par de años atrás, en efecto, el Panorama
Mundial del Ambiente 2000, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio
Ambiente, señalaba dos tendencias fundamentales en nuestras relaciones con el
mundo natural. En primer término, se dice allí, "el ecosistema mundial se
ve amenazado por graves desequilibrios en la productividad y en la distribución
de bienes y servicios", lo cual se expresa en una brecha "cada vez
mayor e insostenible entre la riqueza y la pobreza (que) amenaza la estabilidad
de la sociedad en su conjunto y, en consecuencia, el medio ambiente
mundial". Y, enseguida, se decía allí que "el mundo se está
transformando a un ritmo cada vez más acelerado, pero en ese proceso la gestión
ambiental está retrasada con respecto al desarrollo económico y social"
(1).
Más allá de eso, sin embargo, el panorama
insinúa un mal mayor. Nos encontramos en verdad ante una situación en que se
han derrumbado a un mismo tiempo múltiples premisas, certezas y esperanzas que
habían desempeñado un papel de primer orden en la organización y la
continuidad de una cultura del desarrollo que disfrutó de amplia hegemonía en
los medios académicos y burocráticos latinoamericanos -en los Aparatos ideológicos
de Estado, en breve- entre 1950 y 1980, con raíces incluso que cabe rastrear
hasta fines del siglo XIX.
Ese derrumbe tiene expresiones diversas. En lo
que hace al impacto visible del desarrollo ocurrido en la región entre 1930 y
1990, el geógrafo Pedro Cunill ha señalado que ese período se caracterizó
tanto por "una persistente tendencia a concentrar paisajes urbanos
consolidados y subintegrados" como por "una importante ocupación
espontánea de zonas tradicionalmente despobladas, en particular en el interior
y el sur de América meridional." La secuela ambiental de estas
transformaciones geohistóricas, agrega, se expresa en "el fin de la ilusión
colectiva de preservar a Latinoamérica como un conjunto territorial con
espacios virtualmente vírgenes y recursos naturales ilimitados." (2) Su
juicio respecto al futuro de la región, no puede ser más claro: las
transformaciones ocurridas en el período, dice, "dañaron, al futuro
inmediato del siglo XXI, gran parte de las posibilidades de un desarrollo
sostenido y sostenible" (3).
Por otra parte, en lo relativo a la reflexión
que acompañó a ese proceso en el plano de lo ambiental, Nicolo Gligo -al hacer
el balance de las perspectivas y desafíos ambientales que el fin del siglo XX
le planteaba a América Latina-, señala la necesidad de romper con un estilo de
desarrollo en el que "las decisiones económicas fundamentales de los países
de la región... nacen de las tecnocracias de los ministerios de economía o de
hacienda... donde... la problemática ambiental y la de los recursos naturales
es una externalidad que molesta, la que debe de alguna forma salvarse sin que
obstruya la gestión económica" (4). Esto, agrega, da lugar a una situación
marcada por el conflicto entre una "política ambiental explícita [que] se
origina en los organismos centrales ambientales de la administración pública"
y las "políticas ambientales implícitas... casi todas ellas relacionadas
con el crecimiento económico", que se originan en otros ministerios o en
el poder central, y que son finalmente "las que mandan en los países",
privilegiando por lo general el corto plazo sobre el largo plazo de un modo que
lleva a tales políticas ambientales implícitas "sean de signo
negativo" (5).
En breve, lo ambiental ha tenido un papel
apenas marginal en la teoría del desarrollo, donde ha ocupa una posición
subordinada respecto a la prioridad que se otorga al crecimiento económico. De
este modo, lo ambiental se ha constituido en el convidado del piedra del
desarrollo, un factor aludido y eludido al mismo tiempo que, sin embargo, ha
terminado por convertirse en el elemento desencadenante de todas las
contradicciones que esa teoría alberga en su seno. Por lo mismo, y más allá,
esta elusión de lo ambiental apuntaba a otra de más vasto alcance: la del
significado histórico del desarrollismo liberal de la II posguerra, en tanto de
marco de relación entre las especie humana y el mundo natural, tal como se
expresa en la situación de crecimiento económico sostenido -aunque mediocre e
incierto- combinado con deterioro social y degradación social constantes, que
caracteriza la evolución de nuestros países dentro del sistema mundial de 1980
a nuestros días (6).
¿Hay sorpresas aquí, o solo sorprendidos? Ya
Sunkel y Paz -en El subdesarrollo latinoamericano y la teoría del desarrollo,
aquel libro clave en la formación de tantos cientistas sociales de la región-
nos advertían en 1970 sobre las ambigüedades internas del concepto de
desarrollo, y la lucha ideológica -lucha entre programas políticos de largo
plazo- que se libraba en su interior. La crisis de la teoría del desarrollo se
corresponde, en la geocultura del sistema mundial, con la crisis del liberalismo
como "sentido común" y el ascenso del nuevo pensamiento
conservador-neoliberal, por un lado, y la de los nuevos movimientos sociales,
por el otro. En esa perspectiva, como se advertía antes, el llamado
"desarrollo sostenible" ha venido a expresar, en lo más fundamental,
el agotamiento de la teoría del desarrollo en su capacidad para ofrecer una
visión del mundo capaz de expresarse en términos correspondientes a la
complejidad de los peligrosos problemas creados por el desarrollo realmente
existente (7).
Hoy, ya es necesario trascender aquellos juegos
de alusiones, elusiones e ilusiones, para definir al desarrollo en primer término
por su capacidad para fomentar en todas las sociedades humanas el ejercicio de
las cualidades que nos distinguen como especie. De este modo, cumplido el ciclo
de la vieja teoría que en su momento pareció expresar de manera a la vez
admirable y viable las mejores aspiraciones del mundo existente a mediados del
siglo XX, debemos encarar el hecho de que el desarrollo sólo será sostenible
por lo humano que sea, y que "humano", aquí, sólo puede significar
-si de desarrollo se trata- equitativo, culto, solidario, y capaz de ofrecer a
sus relaciones con el mundo natural, la armonía que caracterice a las
relaciones de su mundo social.
Así parece sugerirlo Manuel Castells -en una
coincidencia insospechada, quizás fortuita, con la cita de Federico Engels que
inaugura este artículo, cuando- al referirse a la lucha por una relación más
equitativa entre los humanos y el mundo natural, que reclama "una noción
amplia que afirma el valor de uso de la vida, de todas las formas de vida,
contra los intereses de la riqueza, el poder y la tecnología", señala
que:
«El planteamiento ecológico de la vida, de la
economía y de las instituciones de la sociedad destaca el carácter holístico
de todas las formas de la materia y de todo el procesamiento de la información.
Así pues, cuanto más sabemos, más percibimos las posibilidades de nuestra
tecnología y más nos damos cuenta de la gigantesca y peligrosa brecha que
existe entre el incremento de nuestras capacidades productivas y nuestra
organización social primitiva, inconsciente y, en definitiva, destructiva (8).»
Desde nosotros, por otra parte, esto no hace
sino reiterar, en el plano de la cultura, la disyuntiva con que nació la época
misma desde la que ahora ingresamos al cambio de épocas que nos arrastra a
todos: aquélla que enfrentaba -y enfrenta- el paradigma de nuestro atraso, que
desde 1845 demanda escoger entre civilización y barbarie, y el de un desarrollo
nuevo, sintetizado por José Martí en 1891 al observar que, en Nuestra América,
" No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa
erudición y la naturaleza".
Encarados de esa manera, los problemas que nos
plantea la crisis del desarrollo en el plano de la cultura bien podrían ser el
acicate que requerimos para entender mejor esa crisis, y los modos más
adecuados para enfrentarla. La crítica a la teoría del desarrollo en su
incapacidad para dar cuenta de los problemas ambientales de nuestro tiempo, en
efecto, sólo puede hacerse desde un esfuerzo nuevo por caracterizar y
comprender esos problemas en términos que permitan construir las soluciones políticas
que demandan, puesto que disponemos ya de los recursos científicos y tecnológicos,
y de la riqueza acumulada necesaria para enfrentar y resolver esos problemas.
Para hacer esto, sin embargo, debemos estar en
capacidad de encarar en todas sus implicaciones políticas y sociales la tarea
pendiente, precisamente para no caer derribados por la verdad que haya podido
faltarnos "por voluntad u olvido", como nos advierte también Martí.
Ser derribados, en efecto, es lo único que no podemos permitirnos ante una
circunstancia que nos plantea riesgos tan terribles y esperanzas tan luminosas
como las que nos ofrece la crisis a que hemos llegado en nuestras relaciones con
el mundo natural.
Aquí, la verdad que no puede faltar es la que
se refiere a la contradicción que nos presenta el desarrollo, como mito
organizativo, en su estrecha asociación con el crecimiento económico. Esa
relación, señalada y enmascarada a un tiempo por la vieja teoría del
desarrollo, es la que se refiere al carácter histórico, específico, de ese
crecimiento en esta civilización, esto es, a la acumulación incesante de
ganancias como objetivo primordial de las relaciones que los seres humanos
establecen entre sí, y con el mundo naturales, en la producción de su vida
cotidiana. El conflicto entre una acción humana encaminada a la reproducción
incesante de la ganancia a escala mundial, y las necesidades de la reproducción
de la vida a escala de la biósfera global, constituye justamente el núcleo ético
de la sustentabilidad que reclama la crisis en que han desembocado las
relaciones que hemos venido construyendo con la naturaleza a lo largo de los últimos
500 años y, en particular, de mediados del siglo XIX a nuestros días (9).
En efecto, si en lo más esencial la economía
es la disciplina que se ocupa de la asignación de recursos escasos entre fines
múltiples y excluyentes, es necesario preguntarse cómo se establecen, y se
ejercen, las prioridades que orientan esa asignación. En este sentido, toda
economía deviene finalmente política y por tanto moral, pues las asignaciones
efectivamente hechas de recursos permiten identificar qué intereses son
prioritarios y cuáles no lo son. Así planteado el problema, ¿cómo operaría
una economía que asigne más recursos a la reproducción de la vida que a la de
la acumulación ilimitada de ganancias? ¿Quiénes, y cómo, serían los
protagonistas de esa construcción de prioridades nuevas, y cuál sería la
organización humana capaz de guiarse por ellas?
No tenemos aún respuestas para esas preguntas,
pero tenemos al menos las preguntas. No nos queda sino trascender el pasado para
construir el futuro, encarando los problemas que nos plantea el cambio de la era
de la economía a la era de la ecología, para utilizar la expresión de nuestro
maestro y amigo Donald Worster. Esto, en términos prácticos, significa pasar
de la época de la desigualdad organizada a escala mundial para la acumulación
incesante de ganancias, a la de la cooperación organizada para garantizar la
reproducción de la vida a escala de la biósfera entera. Hemos rebasado ya,
quizás sin darnos cuenta, el punto de partida: empezamos a entender la dirección
que hará fecunda nuestra marcha. Eso, ya, es un éxito en tiempos como estos.
Notas
(1) www.grida.no/geo2000/ov-es.pdf, p.2
(2)Las Transformaciones del Espacio Geohistórico Latinoamericano, 1930 - 1990.
Fondo de Cultura Económica, México, 1996 (1995), p. 9.
(3)Ibid., p. 188. Esto, dice, ocurre debido a "las modalidades de
espontaneidad en el establecimiento de formas de hábitat subintegrado; por la
intensidad degradante de los diversos usos del suelo agropecuario y la expoliación
de recursos forestales, mineros y energéticos, donde todo está dominado por el
afán de lucro inmediato", con lo cual "se está iniciando una crisis
prospectiva del patrimonio paisajístico latinoamericano".
(4) "V. Perspectivas y desafíos ambientales", en La Dimensión
Ambiental en el Desarrollo de América Latina. Libro de la CEPAL Nro. 58, Mayo
de 2001. Comisión Económica para América Latina, Santiago de Chile,
www.eclac.org, p. 227. Esto, además, en una circunstancia en la que el
crecimiento económico se presenta asociado al "entrampamiento" que
implica sostener las estrategias de expansión de las exportaciones de materias
primas y alimentos de la región al primer mundo mediante el recurso a "las
ventajas comparativas espúreas de mano de obra barata y recursos naturales
subvalorados". El valor de las reflexiones de Gligo resalta aún más, si
cabe, por el hecho de haber sido construidas desde la Comisión Económica para
América Latina (CEPAL), en cuyo seno se forjó lo fundamental de la teoría y
la práctica política del desarrollo en nuestra región.
(5)Ibid, p. 237.
(6) Lo profundo y tenaz de esta relación puede apreciarse, por ejemplo, en el
contraste entre el agravamiento constante de esta situación y las esperanzas
creadas por los llamados a enfrentarla (dentro del orden mundial vigente) que se
hicieron en la primera mitad de la década de 1990, desde la Conferencia Mundial
sobre Ambiente y Desarrollo de 1992, hasta la de Desarrollo Social de 1995,
pasando por las de Beijing sobre la Mujer, en 1993, y la de Cairo sobre Población
en 1994.
(7) Más allá, incluso, de la piadosa definición que ofrece Informe de
Desarrollo Humano 2001, elaborado por el PNUD, al vincular al desarrollo con la
(improbable) posibilidad de que cada Estado nación llegue a "crear un
entorno en el que las personas puedan hacer plenamente realidad sus
posibilidades y vivir en forma productiva y creadora de acuerdo a sus
necesidades e intereses" dentro del orden mundial vigente. PNUD: Índice de
Desarrollo Humano, 2001, p. 11
(8) "Éste, agrega, "es el hilo objetivo que teje la conexión
creciente de las revueltas sociales, locales y globales, defensivas y ofensivas,
reivindicativas y culturales, que surgen en torno al movimiento ecologista. Ello
no quiere decir que hayan surgido de repente unos nuevos ciudadanos
internacionalistas de buena voluntad y generosos. Aún no. Antiguas y nuevas
divisiones de clase, género, etnicidad, religión y territorialidad actúan
dividiendo y subdiviendo temas, conflictos y proyectos. Pero sí quiere decir
que las conexiones embriónicas entre los movimientos populares y las
movilizaciones de orientación simbólica en nombre de la justicia
medioambiental llevan la marca de los proyectos alternativos. Estos proyectos
esbozan una superación de los movimientos sociales agotados de la sociedad
industrial, para reanudar, en formas históricamente apropiadas, la antigua dialéctica
entre dominación y resistencia, entre "Realpolitik" y utopía, entre
cinismo y esperanza." En: "El reverdecimiento del yo: el movimiento
ecologista", www.lafactoriaweb.com/articulos/Castells5.htm
(9) Al respecto, por ejemplo, resulta de partucular interés la lectura de
McNeil, J.R.: Something New Under The Sun: an environmental history of the
Tewntieth Century world. Global Century Series, 2001.
*Panamá, 1950. Doctor en Estudios
Latinoamericanos, Facultad de Filosofía, Universidad Nacional Autónoma de México,
1995. Este documento ha sido elaborado a partir de la ponencia presentada en el
Simposio Regional sobre Ética y Desarrollo Sustentable, celebrado en Bogotá,
Colombia, del 2 al 4 de mayo de 2002, con el auspicio del Ministerio del Medio
Ambiente de Colombia, el PNUMA, el PNUD, la CEPAL y el BM. Se agradecen
comentarios a mimu@sinfo.net.