Desde el 6 del mes
próximo esta capital será sede del encuentro ecológico políticamente más
importante desde la firma del Protocolo de Kyoto. Ambientalistas de más de 150
países diseñarán estrategias y librarán acuerdos para la emisión de gases
de efecto invernadero
Argentina, 2030.
El paisaje no es el mismo. El Río de la Plata creció entre 60 cm y un metro.
Las sudestadas son ahora más frecuentes e intensas, así como su consecuencia,
la erosión de las costas. Los ríos mesopotámicos generan más inundaciones,
pero los patagónicos perdieron caudal hasta alcanzar cotas críticas. Es lo que
sucede en el Comahue, por falta de la precipitación nívea que los alimenta en
lo alto de la Cordillera. En Cuyo ocurre algo similar con los oasis de los
Andes, un proceso que desafía la habitabilidad y productividad de Mendoza, San
Juan y La Rioja. Cada vez más, los glaciares son un bello recuerdo, aunque la
mesesta patagónica parece haber reverdecido.
Este escenario inquietante es parte de la imagen del futuro que nos devuelven
los modelos matemáticos que están trazando miles de científicos de todo el
planeta. Intentan anticipar las consecuencias del cambio climático global, un
concepto nacido a la luz de las evidencias que muestran que las crecientes
emisiones de gases como el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso
-producto de la urbanización, la actividad industrial y la agrícola ganadera,
y responsables del "efecto invernadero"- están llegando a niveles jamás
alcanzados en los últimos 50 millones de años y alterando peligrosamente el
equilibrio del clima.
Dentro de unos días, entre cinco y seis mil funcionarios, investigadores e
integrantes de organizaciones ambientalistas de más de 150 países se darán
cita en Buenos Aires durante dos semanas para discutir estrategias de adaptación,
mitigación (en la jerga técnica, reducción) y transferencia de tecnologías
que permitan hacer frente a este proceso.
Inscripta en el marco de la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático,
la Convención de las Partes, que este año celebra su décima edición anual
(por eso se la llama CoP 10), intentará trazar un plan de acción para desatar
el nudo gordiano del calentamiento climático. Para comprender las complejidades
de esta tarea baste con tener en cuenta que deberá armonizar intereses
divergentes de decenas de países que se encuentran en las antípodas, y no sólo
geográficamente, sino en aspectos económicos, históricos, culturales, políticos
y sociales.
Al encuentro, que será inaugurado el 6 del mes próximo por el ministro de
Salud y Medio Ambiente, Ginés Gonzáles García, por el titular del Gobierno de
la Ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, y por funcionarios de alto rango de
las Naciones Unidas, asistirán unos 90 ministros de medio ambiente (entre
ellos, todos los de la Comunidad Europea).
"Una sola delegación (la de los Estados Unidos) tendrá 200 integrantes;
la de Japón, 90 -detalla el doctor Atilio Savino, titular de la Secretaría de
Ambiente y Desarrollo Sostenible-. Se esperan unos mil periodistas de todo el
mundo, y también miles de representantes de organizaciones no gubernamentales
que protagonizarán más de cien reuniones paralelas (side events). En los tres
últimos días (entre el 15 y el 17 de diciembre) la convención culminará con
la reunión de ministros."
Desde Kyoto
"Es el encuentro políticamente más importante desde que en 1997 se firmó
el Protocolo de Kyoto", afirma el economista Osvaldo Girardin, de la
Fundación Bariloche, que administra con fondos del Banco Mundial numerosos
estudios nacionales sobre el tema y es la encargada de hacer el inventario local
de emisiones (de gases de invernadero).
El embajador Raúl Estrada Oyuela, uno de los artífices de ese documento
internacional, coincide: "Esta reunión es importante porque lo que se
procura hacer toca muy fuertemente las condiciones de producción y consumo, de
bienes y servicios -afirma-. Mitigar y adaptarse al cambio climático no es un
juego impune. Tiene sus costos y sus beneficios económicos, ya que puede
modificar las condiciones de producción primaria de un país."
Pero enseguida agrega: "No debe esperarse que en una reunión haya un
resultado definitivo. Por ejemplo, el Protocolo empieza a regir con dos
ausentes. Uno, muy importante, es Estados Unidos (que produce el 25% del total
de emisiones del mundo) y el otro, Australia (cuyas emisiones equivalen al
2,5%)".
Sin duda, la reciente ratificación del Protocolo de Kyoto por parte de Rusia
puede marcar un hito en las discusiones de la CoP 10. El acuerdo es un complejo
instrumento diseñado por la Convención de Cambio Climático para hacer
descender las emisiones de gases de efecto invernadero a niveles inferiores en
no menos del 5% a los de 1990, pero sólo podía entrar en vigencia si era
ratificado por los países responsables del 60% de las emisiones, umbral que se
alcanzó con la adhesión rusa.
Desde el 16 de febrero próximo podrán convertirse en medidas concretas los
diversos mecanismos que contempla para la reducción. El panorama internacional
verá surgir entonces, en principio, un nuevo negocio: el del comercio de
emisiones, que permite la compra y venta (sobre la base de los inventarios que
deben hacerse anualmente) entre países que tienen compromisos. "Si un país
sobrecumple las metas, puede vender esas emisiones que le quedan a otro que esté
retrasado", explica Girardin.
El Protocolo admite también la posibilidad de que dos o más países del Anexo
I encaren proyectos de mitigación del cambio climático (implementación
conjunta), y autoriza a la Convención de Cambio Climático a otorgar "créditos
de emisiones" por proyectos de transferencia tecnológica que permitan
mitigar el cambio climático a países no Anexo I (mecanismo de desarrollo
limpio).
Estos mecanismos inauguran la posibilidad de establecer un "mercado
internacional de emisiones" en el que los "ahorros" en dióxido
de carbono o metano, por ejemplo, podrían tener cotizaciones como las que hoy
se estipulan para el barril de petróleo.
"Un antecedente de este sistema es el Prototype Carbon Fund, que financia
proyectos de alta reducción y paga tres dólares por tonelada de carbón que no
se quema -ilustra Girardin-. Claro que ese precio no tiene ninguna relación con
lo que cuesta reducir una tonelada de carbón..."
Período de compromiso
"Entre 2008 y 2012 los países industrializados tienen que reducir o
limitar sus emisiones de acuerdo con una tabla -explica Estrada Oyuela-. Es lo
que se conoce como período de compromiso. Ahora, después de eso, ¿qué pasa?
¿Hasta dónde podemos aceptar que se caliente la atmósfera? Los europeos
calculan que la temperatura aumentará dos grados hasta 2100. ¿Cuáles serán
las consecuencias? Este Protocolo propone un método que es poner techo a las
emisiones y comerciar. ¿Hay que mantenerlo o complementarlo con otras medidas?
La CoP 10 debería iniciar un proceso para pensar en estas cosas y aprobar una
agenda para la adaptación al cambio climático, que ya es un hecho. Además,
vamos a mostrar cómo funcionará el sistema europeo de comercio de carbono que
empieza a funcionar el primero de enero de 2005."
Según el doctor Osvaldo Canziani, integrante del Panel Intergubernamental de
Cambio Climático, "el Protocolo de Kyoto no es, seguramente, la única ni
la última herramienta posible para mitigar emisiones. Tampoco es un instrumento
perfecto; sin embargo, provee una buena base para la necesaria mitigación del
cambio climático, en especial por parte de los países desarrollados. La adopción
de decisiones políticas con respecto a cuestiones ambientales siempre plantea
la necesidad de conciliación, hecho evidentemente no científico".
Para Vicente Barros, director de la maestría en Ciencias Ambientales de la
Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y autor de un libro de
reciente publicación sobre el tema (El cambio climático global, Libros del
Zorzal, 2004), el panorama no admite el desinterés. Durante este siglo, las
concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera triplicarían las
preindustriales, las de metano, las quintuplicarían y las de óxido nitroso,
las duplicarían. La temperatura global ascendería 2 o 3 grados. El mar
aumentaría su nivel a un promedio de 4 mm por año. La expansión del mar por
el calentamiento, sumada al deshielo de mantos continentales y glaciares, podría
resultar en un aumento para 2100 de entre 15 y 95 cm. Esto acarrearía problemas
en casi todas las áreas costeras y la desaparición de varios países insulares
del Caribe, de la Polinesia y de la Micronesia. La crisis del agua dulce tendería
a agravarse. El impacto en la biosfera también podría ser dramático e incluiría
la desaparición de más de la mitad de las especies en uno o dos siglos, con la
consiguiente pérdida de diversidad biológica. El aumento de la frecuencia y la
intensidad de las olas de calor incrementarían las tasas de mortalidad, como
ocurrió el último verano en Europa.
"Y lo más grave -asegura Barros- es que si hoy detuviéramos las
emisiones, algo totalmente fantasioso, los niveles de gases de invernadero
seguirían altos durante uno o dos siglos. Es que el cambio climático responde
a tres inercias. La primera es la de los gases, que tienen larga vida. La
segunda es que el clima responde a esas concentraciones con un retraso de 30 o
40 años. Y finalmente tenemos la inercia socioeconómica, porque no podemos
decir hoy no emitimos más, ni tampoco podemos plantearnos emitir la mitad de un
día para otro. La CoP 10 es la primera en que tenemos la certeza de que entrará
en vigencia el Protocolo de Kyoto, de modo que se van a acelerar muchas
discusiones. Tenemos que hacer tanto adaptación como mitigación. No actuar es
irresponsable."
Por Nora Bär
Fuente: LA NACION