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A
partir de la crisis de las últimas décadas, en que la producción creció y se
detuvo alternativamente, al tiempo que crecía sistemáticamente el desempleo,
la marginación, la pobreza, el hambre y la miseria, se ha abierto un debate muy
interesante que involucra interrogantes de magnitud: qué
es el desarrollo?
Cómo
hace una sociedad para desarrollarse? Que pueden hacer las autoridades para
lograrlo? Que deben hacer los sujetos para apoyarlo? Encima, la consigna es que
es preciso el desarrollo, pero además debe ser “sustentable”, luego de
algunos siglos de subdesarrollo bastante “sostenido”.
La
idea de desarrollo ha ido cambiando a lo largo de las últimas décadas: desde
la perspectiva más tradicional, que lo veía (y aún muchos lo ven) como
sendero de crecimiento del producto, liderado por los países que primero habían
largado en esta carrera, pero que los demás podrían y deberían seguir, con
sus matices, para alcanzar el desarrollo, como meta inexorable de respetar el
buen camino.
En
la perspectiva latinoamericana de los ´40/´50 primó la idea de un desarrollo
asociado con la industrialización, el aumento de la producción manufacturera,
la inversión y el empleo, llevarían a la mejora de los indicadores macroeconómicos.
Un cambio en la estructura productiva que permitiera a los países de la
periferia insertarse más activa e industrialmente al esquema de intercambios
internacionales instaurado a partir de la segunda posguerra.
La
última noción del desarrollo que sufrió el país parecía significar el
acceso a patrones de consumo lo más similares posible a los países centrales,
aunque esto fuera para una selecta minoría, liberado el proceso de producción
de regulaciones públicas, orientado y gestionado por grandes grupos
concentrados, que con el tiempo derramarían riqueza al resto de la oblación. Y es esta misma perspectiva la que vincula al
desarrollo con la distribución del ingreso y los excedentes, aunque sea por el
absurdo.
Todos
los enfoques han demostrado que
tienen serias limitaciones a la luz de la historia reciente y la experiencia de
nuestras sociedades: no se han podido sostener en el tiempo, hallando obstáculos
insalvables en pocos años de implementación. Esto es, se han mostrado poco
sustentables en el tiempo.
Acompañando
el proceso de crisis de la organización productiva y el paradigma fordista de
articulación económico social de posguerra, se ha abierto camino la idea y la
necesidad de plantear e implementar
modelos “sustentables” de desarrollo, pero será necesario revisar el
significado de la sustentabilidad.
Esta
idea viene mostrando aristas diversas y cambiantes desde su presentación y
difusión. Surge asociada a la necesidad de hallar técnicas productivas que
evitasen el uso indiscriminado de recursos naturales no renovables (quizás se más
adecuado decir: evitar técnicas productivas basadas en el uso indiscriminado de
recursos no renovables: a veces parece entenderse como soslayar el avance tecnológico).
La idea actualizada de sustentabilidad de un modelo de desarrollo debe
incluir también nuevas pautas de comportamientos de los agentes, nuevas técnicas
productivas, nuevos patrones de distribución, nuevas pautas de consumo y gasto,
readecuación de las instituciones, etc. Siguiendo con términos
contemporáneos, debe consolidarse un paradigma productivo que permita articule
positivamente los diferentes aspectos que conforman el mecanismo de producción,
distribución y utilización del excedente que al sociedad en su conjunto
produce.
Estas
cuestiones trascienden ampliamente el aspecto económico o productivo, introduciéndose
en el campo de las diferentes ideas que se tengan acerca de los modos en que la
sociedad pueda organizarse para mejorar sus condiciones de vida, de distribución
y ser sustentables en el tiempo.
Las
ideas más difundidas de desarrollo enfocan el problemas a escala nacional: los
agregados macroeconómicos, las exportaciones e importaciones, el tipo de cambio
y la estructura productiva nacional son elementos centrales de estos diagnósticos
y sugerencias de política económica. La propia idea de política económica
queda arraigada en la esfera nacional y sus instituciones: el Ministro, el Banco
Central, la Deuda, la Moneda, la AFIP, etc.
En
países como la Argentina de los últimos 50 años, con estructuras productivas
complejas, ampliamente diversificadas e históricamente interrelacionadas, el
entramado productivo requirió de estímulos y regulaciones estatales para
orientar sus inversiones, ampliar la base de consumidores, etc.: la situación a
partir de los ´80 demuestra que resulta sumamente difícil “orientar”
procesos de acumulación desde el herrumbrado instrumental de política económica
de posguerra. La escala nacional resulta indescifrable e inabarcable para un
aparato estatal diezmado, sin instrumentos, etc.
Y
se instala la inquietante sensación de que los modelos de desarrollo
sustentable difícilmente puedan plantearse a escala nacional, a nivel país,
con lo que se revaloriza la dimensión regional y local, en las que pueden
identificarse aspectos comunes y coincidencias culturales, que potencien la
rearticulación de los mecanismos de producción, distribución y utilización
del producto en torno a esquemas más sustentables de organización
social.
Aquí
el calificativo de “sustentable” adquiere una dimensión distinta:
incorpora la necesidad de un aprovechamiento más amplio de los recursos
naturales y humanos, la imperiosa necesidad de no destruirlos o deteriorarlos,
un aprovechamiento de la innovación tecnológica que no atente contra el empleo
(sino más bien lo expanda y
califique), el insalvable requisito de readecuar saberes y competencias de los
actores acorde a las nuevas necesidades. Se plantean esquemas inclusivos como
forma de dar sustentabilidad social al paradigma en ciernes, con mayor
participación de la población involucrada y sus instituciones representativas,
las unidades productivas comprometidas con
el nuevo paradigma.
Y
la sustentabilidad en el tiempo, el largo plazo, se halla cruzado por fenómenos
de carácter cultural. La cultura predominante por estos pagos no favorece la
asunción de riesgos (quizás con alguna razón, pero luce bastante cómodo),
desdeña la asociatividad como palanca potenciadora de los esfuerzos
individuales, considera lo público como opuesto a lo privado y, en fin,
interpreta la competencia como conflicto de intereses.
Un
esquema sustentable no es una situación predeterminada y conocida a la que se
deba llegar: se trata de una construcción colectiva que requiere tiempo y
transformaciones profundas. Da cuenta de su consolidación mediante las
instituciones, concebidas como conjunto de comportamientos arraigados,
establecidos, que dan consistencia y perdurabilidad a los cambios introducidos.
Como se dijo, requiere de tiempo y perspectivas comunes, y hacen falta
modificaciones culturales que se
hagan carne en el trabajo individual y cotidiano. Por último, no es una cosa
que vendrá con acuerdos más o menos ventajosos con potencias globales, ni con
tipos de cambios pretendidamente protectores, mucho menos con discursos
altisonantes. Se hace con gestos concretos, con decisiones cotidianas,
construyendo consensos y creando soportes con nuevas instituciones. Difícilmente
estos desafíos se logren esperando medidas macro: el ámbito de construcción
es lo micro, el día a día, las empresas emprendedoras, los espacios
públicos cercanos que permitan vislumbrar modalidades de articulación
económica y funcionamiento social más saludable y equitativo. Y desde ahí
plantearse la expansión hacia esferas más abarcativas y generalizadas.
Lic.
Marcelo A. Martinetti
Profesor
de Economía y Procesos de Modernización
Facultad
de Ciencia Política y RRII – UNR
Programa
Integral de Emprededores Locales
Secretaría
de Producción, Municipalidad de Rosario